sábado, 25 de noviembre de 2017

Calladita estás más guapa



Cuando era una preadolescente inconformista de pelos de colores pasaba las tardes en casa de mi novio. Nuestro plan era hacer los deberes de turno y comer cruasanes de chocolate. Si la tarde se alargaba veíamos una peli y nos reíamos cuando congelábamos las imágenes de escenas embarazosas con esa nitidez que ofrecía el recién descubierto reproductor de DVDs. Nada de películas en VHS con sus pausas de imágenes con rayas gruesas y temblorosas. No, aquello era la revolución, el futuro, era el huevo perfectamente nítido de Ben Affleck pillado en la bragueta mientras su futuro con Cameron Díaz se desvanecía ante sus ojos entre las risas de los vecinos, los enfermeros y la policía.

Entonces volvía a mi casa, volvía de noche y asustada, porque era peligroso ir por la calle sola pasada la puesta de sol. Incluso en una ciudad coqueta, en un barrio donde nos conocíamos todos. Es de noche, es una mujer sola, es peligro. 

El ambiente se volvía inquieto nada más abrir el portal. La brisa de la noche, la intranquilidad, el móvil en la mano. Caminaba los escasos 100 metros agarrando el móvil fuertemente, con el número de mi chico en la pantalla y el dedo sobre la tecla de llamada por si pasaba algo, para que, al menos, me oyera gritar y siguiera mis pasos en mi busca para rescatarme. 

¿Paranoia? Quizá. Desde que vestimos falda nos educan con esa premisa. No vayas sola, no es seguro. Si ha anochecido vuelve en taxi, que te acompañe alguien, pero no una amiga, ¿eh? Que eso es un caramelo más grande aún. Un hombre

Y esa fue mi rutina desde los 14 años hasta que me relajé un poco. Hasta que cambié mi pulgar sostenido sobre la tecla de llamada por el estado de alerta. Decidí que si miraba al suelo podría ver las sombras y, si alguna se abalanzaba sobre mí, podría defenderme, podría soltar una patada voladora o gritar como una posesa. 

Decisiones... Sólo se trata de eso. Decisiones. Decidir cómo defenderse. Decidir avisar de cuándo llegas a casa, decidir estar atenta. 

¿Y decidir decir que no? No, eso no funciona. Puedes decidir que no, puedes decir que no, pero ten cuidado, que el consentimiento también puede ser no verbal. Que quizá lo estés pidiendo con tus gestos, con tu mirada, con tu ropa, con tu pasividad fruto del pánico. Quizá no puedas hablar, quizá estés asustada, quizá estés paralizada, quizá estés ebria, quizá estés fumada, quizá estés afónica, pero no te preocupes que ya decidirán por ti. Que aquí el que calla otorga, el que calla consiente y que calla asiente. Y eso se sabe aquí y en la China Popular. 

Así que solo déjate llevar, es un momento, no pasará nada, seguro que lo pasarás tú tan bien o mejor. Es lo que quieres. Y luego sigue tu camino, sigue con tu vida, es lo que has querido. ¿O no? 

Pero si has consentido, si has callado y has otorgado. ¿No querías? Vaya. Pues no sigas con tu vida. Reclúyete en casa. No vivas, no olvides, no trates de avanzar. Llora, y sufre, y ódiate, y culpabilízate, y sé la víctima, pero que se note. Y confía en las pruebas. ¿O no?

No. Mejor no confíes. No tiene sentido. Qué sentido tienen unos cuántos mensajes, unas cuántas palabras eufóricas con ganas de caza, de adrenalina mal sana. No, eso no tiene sentido. 

Claro que tiene sentido en otros juicios, no pierdas la cabeza. Cómo no va a tener sentido en juicios tributarios, en juicios laborales. En juicios en los que la víctima es quien mueve los hilos, en esas vistas celebradas para emplumar a aquellos que han pretendido defraudar. En esas vistas en las que sí tienen relevancia esos mensajes, en vistas en las que sí tienen relevancia porque se trata de recaudar. 

Claro que tienen sentido esos mensajes para demostrar que ese empleado ha estado trabajando y el hostelero no ha dado de alta. Claro que tiene sentido niña, no digas ridiculeces. Es dinero, es el motor del mundo. Pero, ¿por qué me ha de importar tu mundo? Tú lo has buscado, tú lo has querido, tú has consentido. Y niña, recuerda que tú no generas dinero, tú no recaudas, tú no eres importante

Así que haz el favor y quédate en casa, no sigas con tu vida, métete en la cama, tápate con el edredón hasta el último pelo y llora, pero hazlo bajito, que calladita estás más guapa.

sábado, 4 de noviembre de 2017

16/10/17 El día que no amaneció




Me extrañó el color rojizo del cielo. Tenía el cuerpo descansado y desperté antes de que la alarma me avisara. 

- Qué oscuro. - Pensé. - Aún me queda tiempo para dormir. 

Y de repente suena. 

- Qué extraño.- A estas horas el cielo nunca está así. 

Hacía un par de semanas que dormía sin persianas y conocía perfectamente el color del cielo a las 7:15 de la mañana. Ese tono rojo anaranjado no era normal.

Escuché a mi madre trastear en el piso de abajo. 

- La semana que viene hay que cambiar la hora.- Recordé como me había dicho la noche anterior. 

Pero no tenía sentido. No era sólo que estuviera más oscuro que de costumbre. Era el color. El rojo, el naranja, el color de las alarmas, el color del peligro, el color que anuncia que algo no va bien.

Me levanté y agarré la sudadera que había dejado colgada del respaldo del sofá la noche anterior. Pura rutina, no hacía frío. El domingo había transcurrido con un calor asfixiante, insoportable, un calor anormal que predecía lluvia. Una lluvia que no acababa de llegar. 

Cuando bajé las escaleras lo olí.

- ¿Qué hace mamá encendiendo la cocina de leña a estas horas?- Pensé.- Y bajé los dos pisos saboreando lo que creía que estaría cocinando en ella. 

Nueve peldaños... Ya no se escucha trastear.

Siete peldaños... No oigo el crepitar del fuego de la cocina de leña.

Cinco peldaños y vista parcial de la cocina. La cocina de leña está apagada. La freidora y un par de bandejas descansan sobre la plancha. El olor a quemado sigue en el aire.

- ¿Qué está pasando?

Y entonces lo supe. En mi cabeza saltó una chispa. Qué irónico. Una chispa como la que asolaba tierras vecinas durante estos días. Ha llegado. Galicia arde y ahora Asturias también.

Los animales estaban apáticos y nerviosos. No necesitaba más confirmación.  

Como una autómata me dediqué a mi rutina matutina. Ni el agua de la ducha ni el sonido estridente de la batidora de vaso lograban sacarme de mi ensimismamiento. 

Vuelta a la habitación. Tuve que sacar la linterna del móvil porque la oscuridad era total, y me dirigí a la cama.

- Buenos días amor.- Susurré mientras acompañaba con un suave beso como cada mañana para no estropear la placidez del sueño. 

- Buenos días cariño. - Contestaban unos labios y unos ojos entrecerrados. 

Agarré la linterna de nuevo y me guié hacia el vestidor. De fondo, el sonido de los informativos. Todas las mañanas mi madre encendía la televisión mientras se vestía para enterarse de lo que pasaba en el mundo. Yo prefería vivir en la ignorancia que tener que luchar por comprenderlo. 

Alumbraba los armarios sin puerta mientras miraba por la ventana el extraño amanecer fallido. 

- Ha llegado. - Sentenció mi madre cuando atravesé la puerta de su habitación para poder mirarme en el espejo de su pared y comprobar que no había escogido un modelo digno del payaso de Micolor.

No contesté, no hacía falta. No me había dicho nada que no supiera. Volví a nuestro cuarto y lo anuncié como quien suelta una estrofa cualquiera de una canción. Sin pensar, sin analizar, sin querer ser consciente de lo que esconde la letra.

- Nos quemamos.
- ¿Qué dices amor? ¿Cómo va a llegar aquí?
- No amanece. No es normal. 

Y me fui tras intercambiar el par de te quieros de rigor.

Mientras caminaba hacia el contenedor de basura con la bolsa negra balanceándose a mi paso me sentí como en una película americana. El cielo rojizo, el aire extrañamente caliente y pesado, las motas de polvo haciendo carreras por el suelo y ni un solo alma en el camino empedrado. Era el fin del mundo, el apocalipsis y curiosamente esa misma tarde íbamos a recoger a Daryl. 

Daryl. No podíamos haber escogido mejor nombre para un perrón desaliñado, solitario y abandonado en la carretera a su suerte.

- Para que nos defienda de la horda de zombis que se avecina. - Pensé mientras torcía la boca en un gesto a caballo entre la sonrisa y la resignación. 

Y continué mi rutina. 

Recorría el camino hacia el trabajo y miraba por la ventanilla del coche con incredulidad. Era sorprendente la normalidad con la que transcurría todo. Una mañana cualquiera, un lunes cualquiera. Nadie mira al cielo, nadie interrumpe su quehacer porque el nuevo día haya decidido no comenzar. 

- Qué curioso.- Pensé.- En cualquier película americana ya habrían salido a la calle. Habrían mirado al cielo con pánico y se habrían congregado en masa mientras que la persona más cabal se habría proclamado líder y estaría verbalizando un discurso totalmente espontáneo para calmar los ánimos.

Pero esto era una película española. Una realidad española. Y no se jugaba el clásico ni el famosete de turno se había cortado el pelo. Simplemente nos quemábamos, ardíamos, estábamos en llamas. Y nos iba a dar juego para discutir sobre ello un par de horas en Facebook.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Por la carretera



Iba en coche y sonreí. Miraba por la ventana, bajada o subida, qué más da. La sensación de libertad era la misma. Con gafas de sol, para no verme reflejada en el espejo, para no ser consciente de ese antiestupendismo que me caracterizaba. No, yo no soy de esas. No soy una estupenda. Salgo mal en las fotos, mi pelo cobra vida propia por mil veces que lo peine y, cuando me río, la cámara no capta una imagen perfecta de anuncio de colonia, sino una cara desencajada, roja, e hinchada cual parodia de Hollywood.

Sonreí, miré al cielo, miré al mar, y me sentí bien. Hacía tiempo, años quizá, que la nube negra no se movía de mi cabeza. No se movía porque yo no quería. Porque quizá me sentía mejor sintiéndome mal. Porque era más fácil acostumbrarme que tomar las riendas, porque era más fácil estancarme que abofetearme y avanzar. 

Respiré profundo, tranquila, siendo consciente de las bocanadas, disfrutando del momento. Quizá fuera el día de sol, de descanso, o el preciso instante; pero era perfecto, era vivir.
Agarré el regulador del volumen y subí la música desde mi asiento de copiloto. Me gustaba esa canción. Y canté. Sin vergüenza, a sabiendas de que cualquiera preferiría escuchar al cantante antes que a mí. Consciente de que me avergonzaba mi voz como si cada día fuera la primera vez que la escuchaba en una grabadora

Tenía un montón de cosas por hacer. Había dejado trabajo sin terminar, la casa parecía un piso de estudiantes y tenía la cuenta temblando, pero ¡a quién le importaba! Estaba ahí, viva, calentándome la cara con el sol, dándole a mis pecas el pistoletazo de salida para la carrera sin fondo de la primavera. El cielo, el mar, la carretera, libertad. Libre de preocupaciones, libre de agobios, libre de mi yo esclavo, al menos por el momento, hasta que tuviera que volver a conectar. Cada cosa a su tiempo. Y era hora de descansar, de disfrutar, aunque no me lo mereciera, o así lo creyera en mi afán de martirizarme.

Ya trabajaré en casa, ya trabajaré en la oficina, ahora no pienses. Disfruta, que te disfruten. Enseña lo que eres. Aprende de ti. Alégrate por estar, por ser y por tener. Tener momentos, tener gente brutal, tener ambiciones, tener metas, tener tiempo, tener ganas

Podría pasarme horas mirando el mar y mirando el cielo, sintiéndome tan pequeña que resulta ridículo. Alucinando con que todos compartamos el mismo techo, el mismo cielo. Pensando en cuántas personas estarían mirando hacia él en ese preciso instante, como yo, nostálgicas o felices. A mil kilómetros de mí o a 20 metros. Preguntándole a ese sol radiante, a esa luna creciente o a esa nube a punto de reventar en un millón de gotas. Preguntándole por su siguiente paso, por la causa de sus fracasos o por la tan ansiada felicidad que tanto buscamos. 

Y entonces giré mi cabeza y sonreí. No, esa respuesta ya la sabía. Me había pasado tanto tiempo buscando la felicidad que había olvidado que es ella la que tiene que encontrarnos, y yo hacía tiempo que había dejado de jugar a escondite.


sábado, 19 de agosto de 2017

Treinta




.......... Los 30 son los nuevos 20..........

.......... Cuando lo encuentres lo sabrás ..........

Típicos y tópicos. Frases que suenan vacías. Palabras que no te crees porque no han llegado. El tiempo todo lo cura, te dicen cuando aún no ha pasado. Y no te consuela. Pero realmente pasa, se termina, y entonces no recuerdas aquellas palabras que te resultaron vacías aunque estuvieran llenas de verdad.

¿Cómo sabes que estás enamorado?

No te preocupes, lo sabrás. 

¿Cómo? 

Y de repente me vi sonriendo todos los días. Sonriendo, riendo a carcajadas, disfrutando, llorando de alegría y de tristeza de tanto querer. Queriendo hasta doler. Importándome un comino las cosas insustanciales de la vida, haciendo bromas sobre esa cama siempre deshecha. Bailando hasta doler los pies, viviendo mi adolescencia perdida.

Planeando, ilusionándonos, dibujando el futuro en pedazos de papel. Cantando en bares, en la ducha y en la cama. Mientras cocinamos. Tú tus guarradas y yo mis mierdas sanas. Queso y verduras, cabeza y culo, frío pirenaico y calor a ras. Los locos, los inconscientes, los que debían haber esperado pero no lo han hecho. Los que se ilusionan con un trozo de muro y con una semilla que empieza a germinar. Iguales pero diferentes. Compatibles y cabezotas. Manos que encajan y sueños compartidos. Mi desconcierto y mi certeza. Mi variable y mi constante.

Y hoy los 30. El punto de inflexión, la delgada línea. Y no se me ocurre mejor forma de agradecer que escribir porque sabes que es mi forma de sentir y de expresar. Cocina y letras. Amor en un plato y en servilletas de papel.

Gracias por haberte quedado, gracias por haberme hecho daño y así haberte necesitado. Por cuidarme, por cuidarnos, a mí y a los míos. Por acompañarme en todo. Por enseñarme tu vida, tal cual, sin tapujos. Tú y los tuyos. Porque así se pasa de tú y yo a nosotros. A nuestro ritmo y a nuestra manera. Despacito. Porque si va a estar allí tiene que estar aquí. Despacito aunque nos tachen de veloces.

Porque por muchas mariposas que nos vendan, finales de Disney y de Hollywood, relaciones de redes sociales, parejas ideales y escenarios perfectos... Por mucho que visualicemos ahí la meta, al fin y al cabo, el amor de verdad, el amor con mayúsculas no es más que una variable enloquecida de la vida.


sábado, 20 de mayo de 2017

Ñoquis integrales veganos


Con toda información nutricional que tenemos hoy en día parece que a todos nos pica el gusanillo de comer un poco más saludable.

Que si comer de todo, prescindir de carnes y pescados, prescindir de todo alimento con origen animal, nada de hidratos, nada de grasas... Una locura. Cada uno a lo suyo y todo a lo de todos criticando este tipo de alimentación o la otra.

En lo que parece que sí estamos todos de acuerdo es en los beneficios que aportan los alimentos integrales sobre los refinados. Así que, ¿qué te parece si modificamos recetas de siempre para darle un toque más nutritivo?

En su día te enseñé a hacer ñoquis, pero ahora quiero enseñarte a hacer ñoquis integrales. Sí, la elaboración es la misma, pero el resultado es mucho mejor. Lo bueno de los ñoquis es que los podemos hacer por tandas grandes y congelarlos. De este modo no nos rendiremos ante las pastas industriales que llevan de todo menos cositas sanas.

¿Te apetece apuntarte a esta nueva moda de comida saludable?

A mí siempre me gusta sumarme a comer un poquito mejor, así que déjame compartirlo contigo.

Verás que los ñoquis "normales" llevan más cantidad de harina que los integrales. Esto es porque la harina integral absorbe más humedad que la refinada. Pero el proceso de elaboración es exactamente el mismo.

Ingredientes:
  • 400 gr de patatas.
  • 50 gr de harina integral de trigo.
  • 1 cucharadita de sal.

Elaboración:

  • Cuece las patatas con piel. Lávalas e introdúcelas en una olla con abundante agua. Deja cocer durante 20 minutos aproximadamente. Hasta que estén tiernas.
  • Una vez cocidas, escúrrelas y déjalas enfriar un poco. Pélalas y en un bol machácalas con un tenedor hasta hacerlas puré.
  • Añade la harina y una cucharadita de sal, amasa el conjunto hasta conseguir una masa lisa y homogénea.
  • Divide la masa en varios trozos y ve formando con ellos canutillos de un grosor aproximado de 1’5-2 centímetros. Corta los canutillos con la ayuda de un cuchillo en trozos de 2 cm aproximadamente.
    Inmediatamente después presiona los ñoquis con un tenedor para hacer el dibujo.
  • Una vez hechos cuécelos en una olla con abundante agua. Échalos una vez que el agua esté hirviendo. Ten en cuenta que los ñoquis crudos se hunden, pero cuando estén hechos flotarán. Así que cuando floten sácalos con ayuda de una espumadera. Esto tardará un par de minutos.
  • Colócalos sobre un paño limpio o papel absorbente para escurrir el agua y añádelos inmediatamente a la salsa que hayas preparado.





Notas.
  • Si la salsa aún no está terminada y han de esperar los ñoquis, úntalos con un poquito de aceite para que no se peguen.
  • Puedes hacer de más y congelarlos. A la hora de hacerlos procede del mismo modo. Échalos congelados en el agua hirviendo y sácalos cuando floten. Ten en cuenta que, al estar congelados, enfriarán el agua, así que échalos de pocos en pocos para no perder el hervor.
¿Te ha gustado el artículo? ¡COMPARTE! Me harías muy feliz.
  • Si te has animado a preparar esta u otra receta y quieres compartir tu foto y tus comentarios con el mundo, ponte en contacto conmigo y envíamelo. Me encantaría compartirlo en mis redes.
  • Si no sigues una dieta vegana recuerda que tengo a la venta mi curso para aprender a cocinar desde cero. Aquí tienes toda la información y yo te acompañaré en el camino.
  • Y si eres aficionado a las video-recetas SUSCRÍBETE a mi canal de Youtube.

jueves, 27 de abril de 2017

Treintaitrés






Un día como hoy nací. Un 27 de abril de hace 33 años, que se dice pronto. A las 17:30 de la tarde me abría paso entre las piernas de mamá. Entre las piernas de mami, como la llamé durante 32 años y de la mama, como la llamo ahora en las tardes de risa.

Recuerdo que a los 6 años creí acordarme de mi nacimiento. Una locura, pero así lo sentí. Recordaba la sensación de estar encerrada, a oscuras, todo negro, confortable, sin nada más alrededor, y de repente, salir. Probablemente esa noche lo había soñado, pero no dejaba de ser curioso que no lo hubiera sentido como una pesadilla con lo claustrofóbica que soy. Loca, me llamaron, pero yo estaba feliz con mis pensamientos, mis sentimientos, conmigo. A día de hoy si me relajo, cierro los ojos y me concentro vuelvo a esa sensación, a ese sueño, a esa locura, a esa particularidad mía.

33. La edad de cristo menos un mes. Siempre he sentido curiosidad. Si fuera menos un mes ya no serían 33 años. Y hoy se cumplen 33 años enteros. 33 años vividos, disfrutados, reídos, llorados. Sin rumbo, con rumbo, con las ideas claras, y con un batiburrillo en la cabeza como si anduviera por el epicentro de la feria de Abril.

Personas que vienen, que se van. Gente que conoces de la manera más insospechada y se quedan en tu vida. Gente que no se ha movido, ni se moverá. Gente, amigos, familia, relaciones, hobbys, pasiones, aventuras, fiestas, rutinas, proyectos, trabajos, vasos de agua que parecen  piscinas, aprender a nadar, el click, sonreír, disfrutar, vivir, amar...

Amor, mucho amor. Amor y risas, muchas risas. En eso se ha convertido mi vida tras 33 años. Tras años de incertidumbre, de miedos, de avanzar con el freno pisado, de no saber. El click. La clave. El aprender a querer, aprender a reír, a valorar, a disfrutar, a saber que estamos aquí por algo, o por nada, pero que el tiempo perdido nunca se recupera.

Reír a carcajadas, abrazar, decir te quiero, recibir un te quiero, compartir, ilusionarse como una niña, meter las manos en los sacos de legumbres, oler ese perfume que me teletransporta. Ver crecer las plantas, escribir, cantar a grito pelado, los lametones de los perros, los besos de amor, que disfruten con mi comida, escuchar mi voz grabada y que ya no resulte extraña, oler a verano, los mensajes de buenos días, y de buenas noches, los inesperados. El zumo de naranja, las fotos antiguas, y las nuevas, comer la tortilla de patata sin cuajar, bailar, mancharnos la nariz de masa, coger la taza de té con las manos frías, juntar las piernas calientes con las congeladas. Reír con anécdotas antiguas, hacer el koala, ver películas con el edredón hasta la nariz, el sol en los días de frío, las sonrisas de los desconocidos. Pequeñas grandes cosas.

Hoy hace sol, me ha hecho esa concesión. Una pequeña cosa que me hace feliz. Una claridad que me da alegría, que me da ganas de saltar y gritar. De cocinar y reflexionar, de pensar cómo he llegado aquí, de recordar con alegría, pero sin pena, sin nostalgia de nudo en la garganta, pero con nostalgia de aquel que recuerda con cariño un tiempo pasado. Ganas de mirar hacia delante, de aventurarme con lo que sea, de tirar por el corazón y aparcar un poco la cabeza. De levantar el pie del freno, de querer, de ser, de mí, de ti, de todo. De frases de película, de escenas de película, de...

QUE EL AMOR NOS COSA A LECHES

martes, 14 de febrero de 2017

Querido Valentín





Querido San Valentín.

Y digo “San” porque ya estás frito.

He leído sobre ti y me ha impresionado. Hasta ahora no te conocía. Había escuchado hablar de ti, porque todos los años hay un día festivo en tu honor, pero si te soy sincera no tenía ni la más remota idea de a qué te dedicabas, ni cuándo, ni por qué la habías palmado. Sí, eso lo tenía claro. Aquí solo hacemos santos a los fiambres.

No sé por tu época, allá por el S.III, pero ahora funciona así. Cuando alguien está vivo es un cabrón, pero cuando la espicha, da igual lo cabrón que haya sido, todo el mundo le llora y es un santo. No se le otorga el apelativo de “San” como a ti, que le echaste huevos hasta que te dieron matarile, pero sí se les llora cual plañideras entregadas.

Me ha gustado saber que no eres un santo de esos de palo, que hiciste cosas guays por la gente, aunque quién sabe con la desinformación que hay hoy en internet. Pero el espíritu que infunde tu día me ha invitado a creer en lo que me cuenta la Wikipedia.

Así que he podido saber que casabas a soldados jóvenes, aun cuando el emperador Claudio te lo había prohibido porque creía que no rendirían en la batalla. Y, aunque no te haya salido muy bien la jugada, ¡olé por ti! Eso sí que es una oda al amor. Y seguro que esas parejitas jóvenes vivieron felices y comieron perdices.

Siento decirte, aunque con lo santo que eres probablemente te alegrará, que hoy en día nadie se acuerda de ti, y sólo recordamos a esas parejas enamoradas, lo estuvieran o no, que si hoy en día la gente se casa porque no tiene nada mejor que hacer, no quiero saber antaño.

El día que la palmaste se ha convertido en el día del amor, de las parejas, de los enamorados, de los regalitos cursis, de las flores, de las tarjetas, de demostrar... Así que, por una parte, gracias, siempre mola que el amor esté en el aire. Pero por otra me da un poco de pena, porque el resto del año parece que el amor es como Voldemort, y no se nombra ni se demuestra por miedo a que nos rebane la cabeza.

Esta mañana he ido a trabajar y he visto a un señor que llevaba un ramo de flores rojas y amarillas (se ve que él o la florista son muy patrióticos) a su parienta (o pariente, que ahora estamos muy modernos y ya no hay que esconderse de nada) y me ha inspirado una ternura tremenda. No he podido reprimir el Ohhhh, ohhhhh, ohhhhh mientras caminaba. Así que gracias por eso.

Pero, amigo Valentín, me da pena. Me da pena no volver a ver al señor hasta el año que viene. Me da pena que su parienta o pariente no reciba el desayuno en la cama hasta dentro de 365 días. Aunque pensándolo bien creo que ella te lo agradecería, porque no sé quién ha podido pensar que desayunar en la cama con una bandeja tambaleante y sin poder hacer siquiera pis es romántico.

Y es que, pensándolo bien, si te tiraste sabe dios cuanto tiempo casando a jovenzuelos de escaqueo, ¿por qué celebramos cuando te metieron en el hoyo? Al fin y al cabo es lo más triste de la historia.

No sé Valentín, sólo quería contarte lo que pasa por aquí y decirte que me parece muy guay todo lo que has hecho y que tienes un par de narices. También quiero pedirte que no te enfades por no celebrar tu muerte. Me acordaré de ti y tal, pero me da un poco de pereza hacer cursiladas justo ese día, cuando puedo hacerlas todos los días del año porque me sale del pie.

Porque además, ¿sabes qué? Quiero a un montón de gente. Y me quiero un montón a mí. Y si de lo que se trata es de querer pues… hoy me voy a acordar de ti entre colegas con unas cervezas y una buena tarta de chocolate que los aniversarios, del palo que sean, están para celebrarlos.