sábado, 20 de octubre de 2018

Hasta siempre Lucky Luke




No quiero otro perro. Protesté mientras apartaba la mirada de esa foto premonitoria de un cachorro de schnauzer con orejas caídas.

Se acababa de morir mi perro y no quería que nadie sustituyera a Paco, Paquito, Paquete, Paquín, mi enano, mi gordo, mi perro patada. Y menos una calcamonía con orejas adorables. ¿Por qué nadie lo entendía?
Apenas habían pasado 2 días y no estaba preparada, ni quería estarlo.
Estaba enfadada, muy enfadada. Pero mamá estaba triste. Paco había dejado la huella más grande del perro más pequeño de la historia.
Mi enfado no se iba con el tiempo. Y al día siguiente sonó el teléfono.

- ¿Estás en casa?
- Sí.
- Paso ahora por ahí.


No eran horas de pasar por casa, eran horas de trabajar. Y eso solo podía significar una cosa. Me van a dejar a cargo del perro que no quiero.

Me lo pusieron en brazos y se fueron. Sin apenas hablar. Mi gesto torcido era una mezcla de asco y enfado.

Era una bola de pelo negra con mechones blancos, rizosa, con olor a cachorro y, curiosamente, sin una pizca de miedo.

Dejé la bola en el suelo y la miré fijamente. Esas orejas caídas me estaban haciendo burla mientras daba unos pasos tambaleantes y movía ese rabo apenas apreciable entre sus rizos de bebé.
Clavaba sus ojos en los míos, en una especie de reto que solo comprendíamos la bola de pelo y yo.

Un paso más. No había coordinación ninguna entre sus cuatro patas.

Otro paso más. Mis ojos se humedecían mientras inclinaba más mi cabeza para recortar el espacio que nos separaba.

Y de repente, un montón de cortos pasitos acelerados dejan a la bola de pelo a escasos milímetros de mi cara.

Sin titubear, anula la distancia, me mete el morrito en el ojo lloroso, y me muerde la nariz suavemente mientras mis lágrimas asoman por fin y se escurren descontroladas por mis mejillas. Lo agarro y me rindo a lo inevitable.

- Te llamaré Lucas.

11 años después Lucas es ese perro que deja esa inmensa huella que apenas se acerca al tamaño mínimo de sus patitas.

Lucas, Lucky, Lucky Luke, Lucky Lucky, Lucky Lu.

Nos ha hecho reír, y hasta ayer nunca llorar. Hemos compartido comidas, y cenas, nos hemos contado confidencias, y ha sido un pompón sobre el que llorar en los momentos crudos.

El perro más optimista y luchador. La alarma más estridente de la historia. El más cabezota, el más gracioso. Bipolar y mimoso. Sus besos se cotizaban al alza y adoraba que le contemplasen.

Se codeaba con grandes perros y hacía ver que los pequeños eran poco para él. La cabeza más suave del mundo. El más ligón con las perras grandes. Ladrador de piedras y ladrador de todo.

El pequeño y el viejete de la casa. El que te sacaba de quicio con sus ladridos y hacía que se te saltaran las lágrimas de risa con sus perrerías.

Dicen que los perros viven tan poco porque ya vienen con la lección de la vida aprendida. Saben disfrutar de cada minuto, obvian lo innecesario, y aman incondicionalmente. Dicen que no tienen que quedarse más tiempo porque ya nos lo han enseñado todo, y es tarea nuestra comprenderlo.

Lucas ha hecho que lo entendiera. No queda nada de ese enfado 11 años atrás. Desde que su nariz húmeda chocó con mi cara no pude por menos que llorar y reír a la vez.

Ya no me enfado como me enfadé aquel día. Ya no me enfurruño y digo que no quiero más perros porque no quiero enterrarlos. Ahora los quiero, a todos. Quiero darles la vida más feliz que pueda, aunque en realidad sean ellos los que me la den a mí.

Lucas tenía dos hermanos perros y dos hermanos gatos. Y todos están tristes. Nosotros también estamos tristes. A escasos minutos de su marcha ya lo echamos en falta.

Le echaremos de menos. Pero somos conscientes de que siempre que lo recordemos nos hará sonreír y reír con sus aventuras.

Esa bola de pelo tambaleante, esa nariz mojada, me hizo ver que es importante recordar a los que se fueron, pero que hay que cuidar a los que están.

Que no hay que cerrarse al amor, que siempre hay hueco para querer. Que el dolor de la pérdida es inevitable, pero los años compartidos son impagables. Que el amor incondicional es su don y nuestro privilegio.

Que debemos aprender a querer sin esperar nada, que el amor debe ser altruista. Que ellos lo saben, pero nosotros aún no. Que es lo más grande que existe. Y esa es una lección que todavía tenemos que aprender.

Hasta siempre Lucky Lucky.

lunes, 14 de mayo de 2018

De tu nieta, con amor




De peque siempre me dio miedo la muerte.

Me recuerdo un día, cuando tenía 7 años, durmiendo la siesta en la cama de mi hermano. Desperté, pero no abrí los ojos. De repente fui consciente de que cualquier día me podría ir, y no quería. Lloré en silencio, porque no me gustaba que nadie me viera llorar. Lloré en bajito mientras mi hermano me hacía perrerías para despertarme. Y deseé poder fabricar momentos como ese para siempre, sin fin.

Fue mi abuelo quien me sacó esa idea de la cabeza. Inconscientemente me arrancó mi mayor miedo. A mí y a cualquiera que compartiera esa angustia conmigo y lo conociera a él. 

Mi abuelo me enseñó a no llorar la muerte, me enseñó a celebrar la vida. Porque sin muerte no hay vida. Y él bien sabía que había vivido por una y siete vidas más. 

Siempre bromeaba. "Familia, yo quiero llegar a los 100 años, porque me han dicho que a esa edad se mueren muy pocos". Pero en el fondo sabía que el jefe ya le había dado bastante cuartelillo.

Marido, padre, abuelo, tío, cuñado, amigo, Muel.

Imposible recordarle sin esbozar una sonrisa o soltar una carcajada. 

Como nieta que soy, no recuerdo cuándo conocí a mi abuelo, porque siempre estuvo ahí. Y lo estuvo en todos los momentos. 

Recuerdo el primer día que me vino la regla. Me apañé yo sola, porque ya me habían enseñado bastante el colegio y las revistas preadolescentes. Y avergonzada se lo dije a mi madre. Creo que pasaron apenas dos horas desde entonces hasta que sonó el timbre de casa.

¡Felicidades! - Pregonaba una voz eufórica y cantarina a través del telefonillo. 

¿Por qué abuelo? - Hoy no es mi cumpleaños.

¡Porque ya eres una mujer!


Así era él. Celebraba todos y cada uno de los momentos, porque siempre hay algo que celebrar. Por eso vivió hasta el último momento, sin restricciones. Por eso se le llenaba la boca diciendo: "No quiero que lloréis por mí, quiero que cantéis y bailéis".

Y eso hacemos. Celebrar la vida, su vida, la que vivimos junto a él, la que vivió junto a nosotros. Recordándolo en sus momentos locos y en sus consejos sabios. Presumiendo de ese abuelo diabético y con parkinson que saltaba en una cama elástica, que hacía parapente, que arreglaba todos y cada uno de los enchufes que veía flojos. Que siempre estaba ahí para echarte una mano, en lo que fuera. Daba igual si podía o si no podía. Daba igual que "no estuviera para esos trotes", porque a él no se le ponía nada por delante.

Por eso abuelo, hoy quiero decirte que te hemos celebrado. Que no hemos llorado. Que hemos reído recordándote, que hemos bailado, cantado, tocado. Que hemos bendecido la mesa como tú solías hacer.

Que hemos dejado el pabellón bien alto. Que cualquier persona que se haga llamar normal no hubiera dicho que estábamos de despedida, sino de bienvenida. Bienvenidos tus recuerdos, tú y la nueva forma de tenerte. Que nos tachen de locos, de extravagantes, que nos tachen de Muel. 

Que nos hemos querido, que nos hemos abrazado y apoyado, que hemos hablado de nuestros momentos contigo y que hemos creado nuevos momentos juntos. Los de norte, los del este, los del sur. Mujer, hijos, nietos, sobrinos, primos, cuñados, amigos. Todos tuyos. Orgullosos de ti, de nosotros y de lo que nos has enseñado.

Que nos cuidaremos, que la cuidaremos, que nos encontraremos. Pero hasta entonces, te recordaremos. Brindando, bailando, queriendo, pero nunca llorando. Y si por casualidad flaqueamos, que lo haremos, será por la alegría de haberte conocido.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Calladita estás más guapa



Cuando era una preadolescente inconformista de pelos de colores pasaba las tardes en casa de mi novio. Nuestro plan era hacer los deberes de turno y comer cruasanes de chocolate. Si la tarde se alargaba veíamos una peli y nos reíamos cuando congelábamos las imágenes de escenas embarazosas con esa nitidez que ofrecía el recién descubierto reproductor de DVDs. Nada de películas en VHS con sus pausas de imágenes con rayas gruesas y temblorosas. No, aquello era la revolución, el futuro, era el huevo perfectamente nítido de Ben Affleck pillado en la bragueta mientras su futuro con Cameron Díaz se desvanecía ante sus ojos entre las risas de los vecinos, los enfermeros y la policía.

Entonces volvía a mi casa, volvía de noche y asustada, porque era peligroso ir por la calle sola pasada la puesta de sol. Incluso en una ciudad coqueta, en un barrio donde nos conocíamos todos. Es de noche, es una mujer sola, es peligro. 

El ambiente se volvía inquieto nada más abrir el portal. La brisa de la noche, la intranquilidad, el móvil en la mano. Caminaba los escasos 100 metros agarrando el móvil fuertemente, con el número de mi chico en la pantalla y el dedo sobre la tecla de llamada por si pasaba algo, para que, al menos, me oyera gritar y siguiera mis pasos en mi busca para rescatarme. 

¿Paranoia? Quizá. Desde que vestimos falda nos educan con esa premisa. No vayas sola, no es seguro. Si ha anochecido vuelve en taxi, que te acompañe alguien, pero no una amiga, ¿eh? Que eso es un caramelo más grande aún. Un hombre

Y esa fue mi rutina desde los 14 años hasta que me relajé un poco. Hasta que cambié mi pulgar sostenido sobre la tecla de llamada por el estado de alerta. Decidí que si miraba al suelo podría ver las sombras y, si alguna se abalanzaba sobre mí, podría defenderme, podría soltar una patada voladora o gritar como una posesa. 

Decisiones... Sólo se trata de eso. Decisiones. Decidir cómo defenderse. Decidir avisar de cuándo llegas a casa, decidir estar atenta. 

¿Y decidir decir que no? No, eso no funciona. Puedes decidir que no, puedes decir que no, pero ten cuidado, que el consentimiento también puede ser no verbal. Que quizá lo estés pidiendo con tus gestos, con tu mirada, con tu ropa, con tu pasividad fruto del pánico. Quizá no puedas hablar, quizá estés asustada, quizá estés paralizada, quizá estés ebria, quizá estés fumada, quizá estés afónica, pero no te preocupes que ya decidirán por ti. Que aquí el que calla otorga, el que calla consiente y que calla asiente. Y eso se sabe aquí y en la China Popular. 

Así que solo déjate llevar, es un momento, no pasará nada, seguro que lo pasarás tú tan bien o mejor. Es lo que quieres. Y luego sigue tu camino, sigue con tu vida, es lo que has querido. ¿O no? 

Pero si has consentido, si has callado y has otorgado. ¿No querías? Vaya. Pues no sigas con tu vida. Reclúyete en casa. No vivas, no olvides, no trates de avanzar. Llora, y sufre, y ódiate, y culpabilízate, y sé la víctima, pero que se note. Y confía en las pruebas. ¿O no?

No. Mejor no confíes. No tiene sentido. Qué sentido tienen unos cuántos mensajes, unas cuántas palabras eufóricas con ganas de caza, de adrenalina mal sana. No, eso no tiene sentido. 

Claro que tiene sentido en otros juicios, no pierdas la cabeza. Cómo no va a tener sentido en juicios tributarios, en juicios laborales. En juicios en los que la víctima es quien mueve los hilos, en esas vistas celebradas para emplumar a aquellos que han pretendido defraudar. En esas vistas en las que sí tienen relevancia esos mensajes, en vistas en las que sí tienen relevancia porque se trata de recaudar. 

Claro que tienen sentido esos mensajes para demostrar que ese empleado ha estado trabajando y el hostelero no ha dado de alta. Claro que tiene sentido niña, no digas ridiculeces. Es dinero, es el motor del mundo. Pero, ¿por qué me ha de importar tu mundo? Tú lo has buscado, tú lo has querido, tú has consentido. Y niña, recuerda que tú no generas dinero, tú no recaudas, tú no eres importante

Así que haz el favor y quédate en casa, no sigas con tu vida, métete en la cama, tápate con el edredón hasta el último pelo y llora, pero hazlo bajito, que calladita estás más guapa.

sábado, 4 de noviembre de 2017

16/10/17 El día que no amaneció




Me extrañó el color rojizo del cielo. Tenía el cuerpo descansado y desperté antes de que la alarma me avisara. 

- Qué oscuro. - Pensé. - Aún me queda tiempo para dormir. 

Y de repente suena. 

- Qué extraño.- A estas horas el cielo nunca está así. 

Hacía un par de semanas que dormía sin persianas y conocía perfectamente el color del cielo a las 7:15 de la mañana. Ese tono rojo anaranjado no era normal.

Escuché a mi madre trastear en el piso de abajo. 

- La semana que viene hay que cambiar la hora.- Recordé como me había dicho la noche anterior. 

Pero no tenía sentido. No era sólo que estuviera más oscuro que de costumbre. Era el color. El rojo, el naranja, el color de las alarmas, el color del peligro, el color que anuncia que algo no va bien.

Me levanté y agarré la sudadera que había dejado colgada del respaldo del sofá la noche anterior. Pura rutina, no hacía frío. El domingo había transcurrido con un calor asfixiante, insoportable, un calor anormal que predecía lluvia. Una lluvia que no acababa de llegar. 

Cuando bajé las escaleras lo olí.

- ¿Qué hace mamá encendiendo la cocina de leña a estas horas?- Pensé.- Y bajé los dos pisos saboreando lo que creía que estaría cocinando en ella. 

Nueve peldaños... Ya no se escucha trastear.

Siete peldaños... No oigo el crepitar del fuego de la cocina de leña.

Cinco peldaños y vista parcial de la cocina. La cocina de leña está apagada. La freidora y un par de bandejas descansan sobre la plancha. El olor a quemado sigue en el aire.

- ¿Qué está pasando?

Y entonces lo supe. En mi cabeza saltó una chispa. Qué irónico. Una chispa como la que asolaba tierras vecinas durante estos días. Ha llegado. Galicia arde y ahora Asturias también.

Los animales estaban apáticos y nerviosos. No necesitaba más confirmación.  

Como una autómata me dediqué a mi rutina matutina. Ni el agua de la ducha ni el sonido estridente de la batidora de vaso lograban sacarme de mi ensimismamiento. 

Vuelta a la habitación. Tuve que sacar la linterna del móvil porque la oscuridad era total, y me dirigí a la cama.

- Buenos días amor.- Susurré mientras acompañaba con un suave beso como cada mañana para no estropear la placidez del sueño. 

- Buenos días cariño. - Contestaban unos labios y unos ojos entrecerrados. 

Agarré la linterna de nuevo y me guié hacia el vestidor. De fondo, el sonido de los informativos. Todas las mañanas mi madre encendía la televisión mientras se vestía para enterarse de lo que pasaba en el mundo. Yo prefería vivir en la ignorancia que tener que luchar por comprenderlo. 

Alumbraba los armarios sin puerta mientras miraba por la ventana el extraño amanecer fallido. 

- Ha llegado. - Sentenció mi madre cuando atravesé la puerta de su habitación para poder mirarme en el espejo de su pared y comprobar que no había escogido un modelo digno del payaso de Micolor.

No contesté, no hacía falta. No me había dicho nada que no supiera. Volví a nuestro cuarto y lo anuncié como quien suelta una estrofa cualquiera de una canción. Sin pensar, sin analizar, sin querer ser consciente de lo que esconde la letra.

- Nos quemamos.
- ¿Qué dices amor? ¿Cómo va a llegar aquí?
- No amanece. No es normal. 

Y me fui tras intercambiar el par de te quieros de rigor.

Mientras caminaba hacia el contenedor de basura con la bolsa negra balanceándose a mi paso me sentí como en una película americana. El cielo rojizo, el aire extrañamente caliente y pesado, las motas de polvo haciendo carreras por el suelo y ni un solo alma en el camino empedrado. Era el fin del mundo, el apocalipsis y curiosamente esa misma tarde íbamos a recoger a Daryl. 

Daryl. No podíamos haber escogido mejor nombre para un perrón desaliñado, solitario y abandonado en la carretera a su suerte.

- Para que nos defienda de la horda de zombis que se avecina. - Pensé mientras torcía la boca en un gesto a caballo entre la sonrisa y la resignación. 

Y continué mi rutina. 

Recorría el camino hacia el trabajo y miraba por la ventanilla del coche con incredulidad. Era sorprendente la normalidad con la que transcurría todo. Una mañana cualquiera, un lunes cualquiera. Nadie mira al cielo, nadie interrumpe su quehacer porque el nuevo día haya decidido no comenzar. 

- Qué curioso.- Pensé.- En cualquier película americana ya habrían salido a la calle. Habrían mirado al cielo con pánico y se habrían congregado en masa mientras que la persona más cabal se habría proclamado líder y estaría verbalizando un discurso totalmente espontáneo para calmar los ánimos.

Pero esto era una película española. Una realidad española. Y no se jugaba el clásico ni el famosete de turno se había cortado el pelo. Simplemente nos quemábamos, ardíamos, estábamos en llamas. Y nos iba a dar juego para discutir sobre ello un par de horas en Facebook.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Por la carretera



Iba en coche y sonreí. Miraba por la ventana, bajada o subida, qué más da. La sensación de libertad era la misma. Con gafas de sol, para no verme reflejada en el espejo, para no ser consciente de ese antiestupendismo que me caracterizaba. No, yo no soy de esas. No soy una estupenda. Salgo mal en las fotos, mi pelo cobra vida propia por mil veces que lo peine y, cuando me río, la cámara no capta una imagen perfecta de anuncio de colonia, sino una cara desencajada, roja, e hinchada cual parodia de Hollywood.

Sonreí, miré al cielo, miré al mar, y me sentí bien. Hacía tiempo, años quizá, que la nube negra no se movía de mi cabeza. No se movía porque yo no quería. Porque quizá me sentía mejor sintiéndome mal. Porque era más fácil acostumbrarme que tomar las riendas, porque era más fácil estancarme que abofetearme y avanzar. 

Respiré profundo, tranquila, siendo consciente de las bocanadas, disfrutando del momento. Quizá fuera el día de sol, de descanso, o el preciso instante; pero era perfecto, era vivir.
Agarré el regulador del volumen y subí la música desde mi asiento de copiloto. Me gustaba esa canción. Y canté. Sin vergüenza, a sabiendas de que cualquiera preferiría escuchar al cantante antes que a mí. Consciente de que me avergonzaba mi voz como si cada día fuera la primera vez que la escuchaba en una grabadora

Tenía un montón de cosas por hacer. Había dejado trabajo sin terminar, la casa parecía un piso de estudiantes y tenía la cuenta temblando, pero ¡a quién le importaba! Estaba ahí, viva, calentándome la cara con el sol, dándole a mis pecas el pistoletazo de salida para la carrera sin fondo de la primavera. El cielo, el mar, la carretera, libertad. Libre de preocupaciones, libre de agobios, libre de mi yo esclavo, al menos por el momento, hasta que tuviera que volver a conectar. Cada cosa a su tiempo. Y era hora de descansar, de disfrutar, aunque no me lo mereciera, o así lo creyera en mi afán de martirizarme.

Ya trabajaré en casa, ya trabajaré en la oficina, ahora no pienses. Disfruta, que te disfruten. Enseña lo que eres. Aprende de ti. Alégrate por estar, por ser y por tener. Tener momentos, tener gente brutal, tener ambiciones, tener metas, tener tiempo, tener ganas

Podría pasarme horas mirando el mar y mirando el cielo, sintiéndome tan pequeña que resulta ridículo. Alucinando con que todos compartamos el mismo techo, el mismo cielo. Pensando en cuántas personas estarían mirando hacia él en ese preciso instante, como yo, nostálgicas o felices. A mil kilómetros de mí o a 20 metros. Preguntándole a ese sol radiante, a esa luna creciente o a esa nube a punto de reventar en un millón de gotas. Preguntándole por su siguiente paso, por la causa de sus fracasos o por la tan ansiada felicidad que tanto buscamos. 

Y entonces giré mi cabeza y sonreí. No, esa respuesta ya la sabía. Me había pasado tanto tiempo buscando la felicidad que había olvidado que es ella la que tiene que encontrarnos, y yo hacía tiempo que había dejado de jugar a escondite.


sábado, 19 de agosto de 2017

Treinta




.......... Los 30 son los nuevos 20..........

.......... Cuando lo encuentres lo sabrás ..........

Típicos y tópicos. Frases que suenan vacías. Palabras que no te crees porque no han llegado. El tiempo todo lo cura, te dicen cuando aún no ha pasado. Y no te consuela. Pero realmente pasa, se termina, y entonces no recuerdas aquellas palabras que te resultaron vacías aunque estuvieran llenas de verdad.

¿Cómo sabes que estás enamorado?

No te preocupes, lo sabrás. 

¿Cómo? 

Y de repente me vi sonriendo todos los días. Sonriendo, riendo a carcajadas, disfrutando, llorando de alegría y de tristeza de tanto querer. Queriendo hasta doler. Importándome un comino las cosas insustanciales de la vida, haciendo bromas sobre esa cama siempre deshecha. Bailando hasta doler los pies, viviendo mi adolescencia perdida.

Planeando, ilusionándonos, dibujando el futuro en pedazos de papel. Cantando en bares, en la ducha y en la cama. Mientras cocinamos. Tú tus guarradas y yo mis mierdas sanas. Queso y verduras, cabeza y culo, frío pirenaico y calor a ras. Los locos, los inconscientes, los que debían haber esperado pero no lo han hecho. Los que se ilusionan con un trozo de muro y con una semilla que empieza a germinar. Iguales pero diferentes. Compatibles y cabezotas. Manos que encajan y sueños compartidos. Mi desconcierto y mi certeza. Mi variable y mi constante.

Y hoy los 30. El punto de inflexión, la delgada línea. Y no se me ocurre mejor forma de agradecer que escribir porque sabes que es mi forma de sentir y de expresar. Cocina y letras. Amor en un plato y en servilletas de papel.

Gracias por haberte quedado, gracias por haberme hecho daño y así haberte necesitado. Por cuidarme, por cuidarnos, a mí y a los míos. Por acompañarme en todo. Por enseñarme tu vida, tal cual, sin tapujos. Tú y los tuyos. Porque así se pasa de tú y yo a nosotros. A nuestro ritmo y a nuestra manera. Despacito. Porque si va a estar allí tiene que estar aquí. Despacito aunque nos tachen de veloces.

Porque por muchas mariposas que nos vendan, finales de Disney y de Hollywood, relaciones de redes sociales, parejas ideales y escenarios perfectos... Por mucho que visualicemos ahí la meta, al fin y al cabo, el amor de verdad, el amor con mayúsculas no es más que una variable enloquecida de la vida.


sábado, 20 de mayo de 2017

Ñoquis integrales veganos


Con toda información nutricional que tenemos hoy en día parece que a todos nos pica el gusanillo de comer un poco más saludable.

Que si comer de todo, prescindir de carnes y pescados, prescindir de todo alimento con origen animal, nada de hidratos, nada de grasas... Una locura. Cada uno a lo suyo y todo a lo de todos criticando este tipo de alimentación o la otra.

En lo que parece que sí estamos todos de acuerdo es en los beneficios que aportan los alimentos integrales sobre los refinados. Así que, ¿qué te parece si modificamos recetas de siempre para darle un toque más nutritivo?

En su día te enseñé a hacer ñoquis, pero ahora quiero enseñarte a hacer ñoquis integrales. Sí, la elaboración es la misma, pero el resultado es mucho mejor. Lo bueno de los ñoquis es que los podemos hacer por tandas grandes y congelarlos. De este modo no nos rendiremos ante las pastas industriales que llevan de todo menos cositas sanas.

¿Te apetece apuntarte a esta nueva moda de comida saludable?

A mí siempre me gusta sumarme a comer un poquito mejor, así que déjame compartirlo contigo.

Verás que los ñoquis "normales" llevan más cantidad de harina que los integrales. Esto es porque la harina integral absorbe más humedad que la refinada. Pero el proceso de elaboración es exactamente el mismo.

Ingredientes:
  • 400 gr de patatas.
  • 50 gr de harina integral de trigo.
  • 1 cucharadita de sal.

Elaboración:

  • Cuece las patatas con piel. Lávalas e introdúcelas en una olla con abundante agua. Deja cocer durante 20 minutos aproximadamente. Hasta que estén tiernas.
  • Una vez cocidas, escúrrelas y déjalas enfriar un poco. Pélalas y en un bol machácalas con un tenedor hasta hacerlas puré.
  • Añade la harina y una cucharadita de sal, amasa el conjunto hasta conseguir una masa lisa y homogénea.
  • Divide la masa en varios trozos y ve formando con ellos canutillos de un grosor aproximado de 1’5-2 centímetros. Corta los canutillos con la ayuda de un cuchillo en trozos de 2 cm aproximadamente.
    Inmediatamente después presiona los ñoquis con un tenedor para hacer el dibujo.
  • Una vez hechos cuécelos en una olla con abundante agua. Échalos una vez que el agua esté hirviendo. Ten en cuenta que los ñoquis crudos se hunden, pero cuando estén hechos flotarán. Así que cuando floten sácalos con ayuda de una espumadera. Esto tardará un par de minutos.
  • Colócalos sobre un paño limpio o papel absorbente para escurrir el agua y añádelos inmediatamente a la salsa que hayas preparado.





Notas.
  • Si la salsa aún no está terminada y han de esperar los ñoquis, úntalos con un poquito de aceite para que no se peguen.
  • Puedes hacer de más y congelarlos. A la hora de hacerlos procede del mismo modo. Échalos congelados en el agua hirviendo y sácalos cuando floten. Ten en cuenta que, al estar congelados, enfriarán el agua, así que échalos de pocos en pocos para no perder el hervor.
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