A ti

jueves, 15 de diciembre de 2016



A ti, chica guapa. A ti, chica lista. A ti, chica perfecta en tus imperfecciones. A ti te digo que no te decepciones. Que te quieras y que no dependas.

Sí, eres tú, y lo sabes. Eres esa persona incapaz de estar sola, incapaz de afrontar la vida sin esa presencia al lado. Me dirijo a ti, chico, chica, hombre, mujer... A ti, persona perfecta en tus imperfecciones.

¿Por qué te empeñas en demostrar que tú sola no vales nada? ¿Por qué te empeñas en hacer ver que tú sola estás coja? ¿Por qué no eres capaz de afrontar la vida en solitario, que no sola? Unos días, unos meses, unos años... ¿Por qué no empleas ese tiempo en conocerte a ti, en descubrir lo que vales? ¿Por qué crees que es más interesante conocer a otros antes que conocerte a ti? Conocer a otros, querer a otros, mimar a otros...

¿Qué pasa contigo?

Te conozco. Te he visto sola y con pareja. He visto todo lo que tienes que aportar y cómo te apagas cuando dependes. Te he visto llorar, te he visto destrozada por una persona que no te valora. Te he visto reír y gritar de alegría cuando esa misma persona ha tenido un segundo para ti, para dar señales de vida y para decirte que igual le apetece echar un polvo contigo, un día, sin ataduras.

Te he visto odiarle por pegarte, y te he visto volver a sus brazos cuando te ha prometido no volver a hacerlo nunca más. Promesas frías, promesas vacías, promesas interesadas.

Te he visto culparte por su infelicidad. Te he visto sentirte fea cuando se ha ido con otra delante de ti. Te he visto arreglarte durante horas con ese brillo en la mirada para ver como se desvanecía cuando no te ha echado siquiera un vistazo. Te he visto resignarte a ser su juguete de fin de semana.

Te he visto odiarle y zanjar, por fin, pero también te he visto lanzarte a otros brazos antes de pasar tu luto para repetir el mismo error. De unos brazos a otros, de una relación a otra, de un error a otro. Con personas malas, con personas buenas, pero sin ti.

Me da igual que este no te pegue, me da igual que cambie las patadas por caricias, me da igual que te adore y que te quiera, si quien no te quiere eres tú.

Ya no te veo llorar por sus insultos, te veo libre de marcas, pero te veo pegada al teléfono, esperando esa llamada o ese mensaje sin importar las horas que pasen. Dejando correr el tiempo, sin disfrutar, sin aprovechar, sin descubrirte.

Podrías hacer tantas cosas... tienes tanto potencial... que me inunda de tristeza que se pierda entre las agujas de un reloj demasiado gastado.

Has dejado los estudios por amor, el trabajo por amor, la familia por amor. Por amor... amor... Cada vez que lo pienso me invade la risa y la angustia, eso no es amor. Es dependencia, es miedo, es pánico a volar.

Estás tan acojonada porque sabes que puedes. Sabes que el día que te conozcas, que te descubras, que desarrolles tu potencial, te querrás tanto que necesitarás a una persona a tu lado que te quiera tanto como te quieras tú.

Y, amiga, lo sabes, estás acojonada porque sabes que ese día llegará, y ese día no sabrás que hacer con tanto amor.

Y que frecuenten sitios

jueves, 8 de diciembre de 2016






La he cagado.

Sí.

No es más que una piñata llena de mierda.

Lo sé.

Es como si forzáramos el vernos. No volveré allí y listo.

Me parece una buena decisión.

La he bloqueado. Ya no puede comunicarse conmigo.

Puede llamarte.

Nadie llama. Es ridículo.

Yo sí.

Nadie llama, nadie va a casa a picarte, nadie frecuenta sitios.

Qué triste.

Ahora si no hay Whatsapp no hay forma de quedar.

Yo quiero que me llamen, que me piquen, que me escriban cartas.

Lo sé.

Y que frecuenten sitios.

Si no hubiera vivido en la época en que no existían los móviles creería que es una utopía. Habría echado una carcajada inclinando la cabeza hacia atrás y entrecerrando los ojos.

Que te llamen, que te esperen en el portal, que te piquen por sorpresa, que te escriban cartas que huelen a tinta... Demasiado utópico, demasiado de peli americana, demasiado esfuerzo, demasiado al fin y al cabo.

Pero lo he vivido. Tengo un pequeño baúl con cartas de amor. Con cartas de amor y no amor. Tengo decenas de álbumes, esos de tamaño cuartilla, con fundas de plástico para meter las fotos y portada verde botella.

Tengo camisetas firmadas por mis amigos, garabateadas con dibujos ridículos, con dedicatorias pastelosas y con chistes malos.

Me han picado por sorpresa y he tenido que abrir en pijama o con la mascarilla puesta. He gritado ¡5 minutos! por el telefonillo y he descolgado el teléfono a la voz de ¿Quién?, porque no sabía quien estaba al otro lado. Me ha dado un vuelco el corazón al reconocer esa voz al descolgar y no al desplegar la ventana emergente del smartphone.

He corrido por no llegar a tiempo a los sitios, y he llegado con la cara roja, la respiración entrecortada y los pelos de loca. Nada de whatsapp de preaviso y eyeliner perfecto.

Si hoy me preguntaran diría que es tan sencillo enamorar... Al fin y al cabo la tecnología nos lo ha puesto fácil. Nadie espera lo tradicional, lo de antes, lo que conlleva un esfuerzo, lo que requiere echarle un par de huevos.

He sorprendido con escapadas románticas, con desayunos inesperados, con despedidas en el último minuto en la puerta de embarque, con visitas en otra ciudad, con notas debajo de la almohada. He escrito cartas, escogido canciones, recopilado recuerdos en álbumes, grabado vídeos, organizado fiestas sorpresa, abierto la puerta en picardías...

Me han sorprendido con escapadas románticas, mensajes de amor en el vaho del espejo, besos robados, fines de semana improvisados de un minuto a otro donde lo único importante eran las manos entrelazadas sobre la palanca de cambios. Flores en el trabajo, cartas en el buzón, visitas apresuradas y desayunos sorpresa. Paseos de la mano a los dos días de conocernos, largas conversaciones con las miradas clavadas y sin televisión de fondo, noches bajo las estrellas...

Es tan sencillo enamorar... demostrar, querer, valorar... que sería una aberración no creer en el amor. Sería ridículo no creer que existen dos personas compatibles capaces de demostrar, de tener esos pequeños gestos que digan Me importas. Porque para querer no se necesitan anillos caros, declaraciones en medio de un campo de fútbol, ni viajes a las Seychelles. Es querer. Son caricias, besos, risas, abrazos, ¿has dormido bien?, te echo de menos, tenía ganas de verte,  no te vayas de mi lado...

Es querer. Es llamar. Es buscar. Es estar. Es amar. 

Por qué no ser amigos

jueves, 1 de diciembre de 2016




Hasta el gorro, hasta las narices, hasta las pelotas, como más contundente suene. Quedar con un colega, tomarse una caña tranquilamente y tener que dar 1.500 explicaciones, porque no, porque un hombre y una mujer no pueden ser amigos. Porque es algo impensable, porque siempre tiene que haber algo más.

Olvídate, no puedes quedar con alguien del sexo opuesto sin ninguna intención escondida. No, no puedes tomarte algo y charlar y conocer porque estás dando pie. No, no te lo puedes permitir porque no tienes pene. Y eso es motivo para dar a entender que quieres más.

Ojalá tuviéramos algo en la cabeza que nos diferenciara de los animales. Ojalá tuviéramos capacidad de decidir. Ojalá fuéramos animales racionales. Y ojalá tuviéramos una especie de interruptor que pudiéramos apagar cuando viéramos a alguien del sexo opuesto para poder contener las ganas irrefrenables de ponernos a follar como conejos.

Cuánta hipocresía y cuánta pena. Qué pasa en este chalado mundo para que este sea el pensamiento dominante.

Siempre he sido muy de amigos, en general, sin matiz de género, porque para mí es todo igual. Me gusta conocer, hablar, descubrir, pasármelo bien. Sin ninguna intención. Y me da pena que a día de hoy sea cada vez más difícil.

¿Cómo vas a tomar algo con un chico si no quieres nada? Qué locura. Asegúrate de dejarle las cosas claras antes porque le estás dando pie.

Qué triste.

Es cuando ocurren estas cosas cuando la nostalgia me teletransporta 20 años atrás, al patio del colegio, cuando el sexo aún no había entrado en nuestras vidas. Cuando quedábamos para jugar, cuando nadie creía que eras una calientabraguetas por quedar con tu vecino para pasear al perro, o con tu compañero de pupitre para echar unas canastas. Cuando la inocencia era la reina. Cuando todo era más fácil. Cuando nos divertíamos sin segundas intenciones, riéndonos a carcajadas y embarrándonos hasta la nariz.

Es curioso ver cómo según crecemos en lugar de aprender desaprendemos. Aprendemos materias nuevas, nos sumergimos en libros de texto. Lengua, matemáticas, inglés… pero olvidamos valores. Por mucho que en la escuela se empeñen en decir que nos los inculcan. Es inevitable. Crecemos y llega la inseguridad, o la seguridad desbordante, la ambición, las primeras veces, los miedos, las expectativas, la necesidad de estar a la altura, llega lo complicado.

Llevo años dándole vueltas a esa teoría absurda. Lo he hablado con muchas personas, lo he meditado con la almohada y lo he sufrido en mis carnes. Quizá sea miedo. Miedo a abrirse y  dejarse ver. Miedo a encontrar una gran amistad que nuestra futura pareja no comprenda porque defiende la teoría del absurdo. Miedo a acabar sintiendo atracción porque en el fondo creemos que esas amistades no funcionan. Porque quizá el impulso animal gane la batalla al raciocinio.

O quizá es que el ser humano es tan egoísta que siempre quiere sacar tajada. Que no quiera salir de su zona de confort. Quedar, no congeniar, ni como amigos ni como nada. Que la conversación aburra, que no haya feeling, que nada fluya. Qué menos que un polvo de recompensa para justificar esa pérdida de tiempo.

¿Es esa la razón? ¿O no hay ninguna y simplemente somos tan planos?

Desde cuándo la sociedad se ha vuelto tan extrañamente moderna o absurdamente anticuada para que los actos de me caes bien se traduzcan instantáneamente por quiero acostarme contigo.

No. No quiero acostarme contigo. Me caes bien, me divierto contigo, la conversación fluye, me lo paso bien, me río… pero no quiero acostarme contigo. No funciona así. Al menos para mí.

Eso implica algo más. Una física, una química, una reacción, unos nervios en el estómago, unos balbuceos, tartamudeos, no saber qué decir, quedarte en blanco. Desear la coincidencia, esperar el timbre del teléfono, de la puerta, el vuelco en el corazón, encontrar una foto y quedarte sin aire. Un brinco interno al ver que entras, quedarte parada por encontrarte por sorpresa. Pensar dónde estarás y si estarás bien. Una conexión, un hormigueo, un todo.

No, no quiero acostarme contigo. Si quisiera lo sabrías. Y quizá tampoco quiera acostarme contigo aunque ya lo haya hecho. Quizá esté harta de eso, quizá te quiera conocer, quizá quiera hablar, quizá quiera saber qué pasa por tu cabeza, qué te hace sentir mal y que te pone eufórico.

Y quizá solo quiera tomar una cerveza, un café, reírme contigo y contarnos anécdotas. Salir a bailar, a tomar una copa, a dar una vuelta o a patinar. Sin malentendidos, sin presiones, sin teorías absurdas y sin comeduras de tarro.

Sí. Quiero amigos, quiero amigas, gente que suma, llámalo X.

Llámame loca

jueves, 24 de noviembre de 2016




Llámame loca. De las de remate. De las que se emocionan con una sola canción. De las tocan la guitarra eléctrica imaginaria. De las que cierran los ojos y mueven la cabeza al son de las notas. De las que cantan y bailan por la calle, comedida si va sola y cuando cierra la puerta de casa empieza el apogeo. De las que cantan a grito "pelao", tiran los zapatos, dejan caer el abrigo al ritmo de la música y dan vueltas hasta desenganchar la manga.

Llámame loca. De las que abren la puerta con el tinte en la cabeza, en pijama, en bragas, o con masa de bizcocho en la frente. De las que el día que empiezan la dieta se zampan una pizza. De las que el día que se proponen madrugar es cuando más tarde se levantan. De las que fingen un orgasmo en el bar emulando aquella peli que tanto le gusta.

De las que gritan cuando se emocionan. De las que se emocionan con todo. Con un perro, con los charcos y con la coincidencia más chorra. De las que se ríen de vergüenza, de las que lloran de risa y de las que sueltan una carcajada en medio de la discusión más gorda.

De las bipolares. De las que ahora te quieren y al minuto de odian. De las que te comerían a besos y te echarían una mirada fulminante después. De las inconformistas, de las soñadoras, de las que buscan sus historias de peli. De las que no se entienden ni ellas.

De las que te quieren para reír a carcajadas pero disfrutan como una enana de su independencia. De las que se despiertan en posturas imposibles porque sus sueños han sido demasiado intensos. De las que se ponen nerviosas y balbucean cosas sinsentido cuando te ven porque le importas.

De las que no paran. De las que no saben lo que quieren porque lo quieren todo. De las que cantan, bailan, enseñan, cocinan, escriben, actúan, diseñan... de las que ¡todo!

De las que se valoran. De las que hoy todo y mañana nada. De las que hay que cuidar. De las que te cuidan. De las que valoran la amistad por encima de todo. De las que si quieres estarán ahí siempre, con sus incongruencias y con sus consejos locos.

De las que quieren volar, conocer, correr, saltar y tirarse por un puente. De las que parecen cuerdas y luego resultan ser la chota más chota. De las que inventan coreografías en la ducha. De las que corren por la calle.

De las que deciden un tatuaje en un minuto. De las que planean un viaje de 8 horas en un segundo para ir a un concierto en la otra punta de España. De las que no necesitan más que una sonrisa para emprender una aventura. De las que agarran el micro en el karaoke y cantan como si la fueran a nominar aunque su voz sea lo más espantoso del mundo.

De las que hablan solas. De las que tratan de hacerte sentir como de toda la vida aunque os hayáis acabado de conocer. Porque a la imbécil de ella no le gusta que la gente esté incómoda.

De las que disfrutan comiendo y se chupan los dedos hasta en el restaurante más pijo. De las que se suben a bailar a barras de bar. De las que no se cortan y van a por lo que quieren. De las que pasan de las reglas establecidas. De las que les importa un huevo la norma de las 5 primeras citas, o contar los días para llamar. De las que si quieren, quieren.

De las que sienten, de las que ríen, de las que lloran, de las que gritan, de las que disfrutan, de las que sonríen, de las que aman, de las que viven.


Fabas con setas

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Que la fabada asturiana es el plato más agradecido del mundo mundial lo saben todos los asturianos. Aunque los de fuera estén recelosos ante esta afirmación, puedo asegurar que es cierta.Es una de esas recetas que no es receta. Es una de esas recetas que se hace del siguiente modo...

Todo a la pota y listo.

Sin más. Simplemente hemos de mirar la calidad de los ingredientes y, ¡ojo! Usar para cocinar las fabas el agua de remojo de las mismas. De esta forma aseguramos la terneza.

En cuanto al agua diré que yo uso agua del grifo depurada. No es por dármelas de interesante, pero es así. Tengo un aparato de ósmosis y tiro de él. Hasta entonces la hacía con agua del grifo normal. En Asturias el agua tiene una dureza media, así que es un agua perfectamente válida. Sería lógico pensar que en zonas de aguas más duras, las fabas tardasen más tiempo en enternecer por lo que, en estos casos, te aconsejo usar agua mineral. ¡Por si las moscas!

Pero vamos con las fabas con setas. Si bien la fabada se hace metiéndolo todo a la vez en la olla, las fabas con otra cosa que no sean carnes que requieren una cocción larga no. Véase las verdinas a la marinera, las fabas con setas que te voy a enseñar ahora, o los garbanzos con picadillo.

En estos casos utilizamos ingredientes que no necesitan una cocción prolongada, así que sería ridículo dársela. Por tanto, lo que debemos hacer en estos casos es, cocer las fabas por un lado y el ingrediente adicional por otro. Si queremos incorporar un sofrito podemos incluirlo a la hora de cocer las fabas (para que prácticamente se deshaga y solo notemos el sabor), o hacerlo junto al ingrediente adicional y añadirlo con este. Como todo... ¡cuestión de gustos!

Has de saber que los platos de legumbres suelen estar más ricos de un día para otro, ¡incluso dos! Porque aposentan los sabores y el propio almidón de la legumbre hace que el caldo quede más espesito y potentón. En todas las elaboraciones hemos de tener especial cuidado con la conservación pero en esta en particular más. Las setas son muy delicadas por lo que si lo hacemos de un día para otro debemos conservarlo en un recipiente hermético bien refrigerado.

He de decir, o si no exploto, que estas fabas el día de su elaboración estaban geniales, al día siguiente brutales, pero al tercer día era una barbaridad lo buenísimas que estaban. Ahí lo dejo.

Ingredientes (para 4 personas):
  • 300 gr de fabas.
  • 250 gr de setas (yo he usado shiitake, pero usa la combinación que quieras).
  • 1 cebolla.
  • 3 ajos.
  • 1 hoja de laural.
  • 1 cucharadita de pimentón dulce.
  • Unas hebras de azafrán.
  • 2 cayenas.
  • 150 ml de vino blanco.
  • Sal.
  • Aceite de oliva virgen.
  • 1-2 cucharaditas de polvo de setas deshidratadas (opcional).
Elaboración:
  • La noche anterior pon las fabas a remojo en abundante agua fría que las cubra. Deberán estar un mínimo de 8 horas para que doblen su volumen.
  • Empieza con el sofrito. Pela y pica la cebolla y dos ajos en brunoise. Reserva.
  • Pon la olla donde vayas  a cocer las fabas a fuego medio y añade un par de cucharadas de aceite de oliva. Echa la cebolla y ajos picados, una pizca de sal y sofríe hasta que la cebolla esté tierna y translúcida.
  • Mientras echa las hebras de azafrán en un poco de agua caliente para que vaya desprendiendo el aroma y color (como ves en el vídeo este paso es prescindible, puedes añadirlo a la olla directamente).
  • Cuando la cebolla esté pochada añade el pimentón y remueve bien para que no se pegue.
  • Incorpora las fabas, el agua de remojo, una hoja de laurel, el agua con el azafrán y las dos cayenas pinchadas en un palillo (para que floten y puedas retirarlas cuando quieras). Pon a fuego fuerte y, cuando hierva, baja la intensidad y deja hacer a fuego suave. Si ves que la temperatura se desmadra y empieza a cocer a borbotones asusta las fabas, es decir, añade un poco de agua fría. NUNCA HAN DE QUEDAR SIN AGUA. En el momento que veas que una mísera faba asoma a la superficie, hay que añadir un poquitín de agua o se pelarán. Del mismo modo NUNCA REMUEVAS CON LA ESPÁTULA. Hay que menear la olla por los asas para que no se rompa. Deja hacer un par de horas hasta que estén tiernas.
  • Mientras prepara las setas. Pela y pica el ajo restante en brunoise y las setas del modo que prefieras. Yo hago una especie de juliana con ellas, pero lo dejo a tu elección.
  • Echa un cucharada de aceite en una sartén y añade el ajo picado. Cuando haya cogido temperatura incorpora la setas y deja hacer hasta que se reduzca su volumen a la mitad.
  • Añade el vino blanco y sube el fuego para que se vaya evaporando el alcohol y el líquido. En este punto retira del fuego y reserva.
  • Cuando las fabas estén tiernas, retira el laurel y la cayena e incorpora las setas.
  • Dale un meneo a la olla para integrar los sabores y deja que dé un hervor suave. Rectifica de sal, y añade una cucharadita de polvo de setas deshidratadas. Deja hacer un par de minutos más y sirve o reserva hasta el día siguiente.




Notas.
  • El polvo de setas lo hago yo en casa. Muelo setas deshidratadas en un molinillo de café y dispongo de él como si de una especia se tratara.
  • Como siempre esta es mi versión. Puedes añadir más ingredientes al sofrito, usar la combinación de setas que quieras... ¡modifica a tu antojo!
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Y dale con el calvo

jueves, 17 de noviembre de 2016





Llamadme nostálgica, pero creo a ojos ciegos que nací en la época de la ilusión, del valorar.

En la época en que cuando caían 4 copos de nieve bajábamos al portal en pijama a hacer un muñeco de nieve que medía apenas un palmo. Cuando desayunábamos pan con mantequilla los fines de semana y nos sabía al desayuno más burgués del mundo.

Esa época en que mamá nos hacía las bolsas de palomitas en casa para poder ir al cine y sacábamos con orgullo al comenzar la película. Eran las palomitas de mamá. Cuando merendábamos bocatas de filetes de jamón en los que dejábamos el diente, pero que comíamos porque era lo que había y lo convertía en el mejor bocata del universo.

Eran tiempos de juegos, tiempos de risas.  Tiempos en que los espacios publicitarios duraban dos anuncios. Tiempos en que los teléfonos estaban para hablar y los medios de comunicación para comunicar. Nada de apps ni anuncios sensibleros.

Pero oh, cómo hemos cambiado. Ahora los niños no piden una onza más de chocolate o un segundo petit suisse. Ahora piden un iphone 7 porque el 6 ya está obsoleto, el ultimo modelo de Hunter o el primer piercing con 12 años.

Antes mirábamos, opinábamos y debatíamos. Ahora miramos, juzgamos y criticamos.

Ahora no hay negros ni mariquitas. Ahora hay afroamericanos y gays. Aunque lo digas de tu mejor amigo, aunque lo diga él de sí mismo y te pida a ti que te dejes de estupideces. Ahora las palabras hieren, aunque las digamos con una sonrisa, sin mala intención, con cariño y empatía.

Las palabras hieren, provocan, enfadan y encienden llamas. Pero no, la maldad no está en la boca que habla, está en el oído que escucha. Ahora debemos ir de puntillas. Antes podíamos decir lo que quisiéramos, dónde y cuando quisiéramos. Y si daba lugar a un malentendido se hablaba y santas pascuas.

Ahora tenemos redes sociales donde expresarnos, relacionarnos, desahogarnos y comunicarnos. Pero cuidado, piensa lo que dices. Piensa, reflexiona, escribe, guarda en borrador, edita y si estás seguro, publica. Aunque ni siquiera esto te garantice que no haya malentendidos. Malentendidos que no te dará tiempo a aclarar porque ya serás viral, ya habrás encendido la llama y ya tendrás suficientes justicieros que decidan lo que has querido decir por mucho que te empeñes en demostrar lo contrario.

No digas que te cae mal un extranjero porque eres racista, no digas que los niños de la mesa de al lado te molestan con sus gritos porque no tienes corazón, no digas que no te gustan los perros porque eres Cruella de Vil. Si comes animales eres un sádico, aunque hasta el día de hoy todos lo hacíamos. Especistas, animalistas, racistas, feministas, machistas, feminazis, fachas, podemitas, peperos... Todo es etiquetable. Todo menos lo bueno, por supuesto.

¿Qué pasa con el optimismo, con el disfrutar de la vida y con el ver el vaso medio lleno?

Antes veíamos un anuncio nostálgico y lo disfrutábamos o no, pero no creaba polémica. Era un anuncio, sin más. Ahora no. Ahora nos quitan al calvo del anuncio de la lotería y se monta la de dios es cristo. Ya ni siquiera es que guste o no. Ahora se riza el rizo. Nadie ve detrás el trabajo de unos publicistas que han estado quién sabe cuánto tiempo para tratar de mejorar el anterior. No se da una opinión sin más. Se buscan cinco pies al gato.

"Es una vergüenza, se ríen de la gente que está senil, de la gente que vive con una mínima pensión, de los que cobran el ínfimo salario mínimo, de los que no llegan a fin de mes. Es el gobierno que lo hace para ridiculizarnos, las tarjetas black, las cuentas en paraísos fiscales, los presupuestos descabellados..."

Señores, no es una vergüenza, es un anuncio. Vergüenza es que un anuncio de lotería dé lugar a tanta miseria y a tantos reproches.

Vergüenza es que vivamos amargados, que la gente no sonría ni haciéndole cosquillas, que casi tenga que arrancarme a bailar para sacarle una sonrisa y unos buenos días al panadero. Que ya no se estile el ayudar a la gente. Que se lleve el estafar, el pisar y el aprovecharse.

Vergüenza es que en los 7 minutos que dura mi vuelta del trabajo a casa me haya topado con una pelea de señores de 60 años que han llegado a las manos, pero con ninguna sonrisa. Una pelea y cero sonrisas en 7 minutos y 200 metros.

Vergüenza es que nos sorprenda más topar con buena gente que con mala. Que cuente la anécdota de lo maja que ha sido la chica con la que me tropecé en la frutería durante una semana porque es algo inusual. Y que sin embargo ni mente cuando me dan un empujón por la calle.

No me hartaré de decir...

¡Señores! ¡LA FELICIDAD ES CUESTIÓN DE ACTITUD!

No importa que no encontremos trabajo, que nuestra pareja nos haya dejado o que nos cueste llegar a fin de mes. Quien quiere sonreír, sonríe. Quién quiere ser feliz, lo es. Quien quiere contagiar alegría, lo hace. Y lo suelto así, sin tapujos, porque es la pura verdad. Y sí, esto debería ser releído y editado, porque ahora los parados me criticarán, los despechados me insultarán y los que tengan dificultades económicas me odiarán.

Pero ¿saben qué? Yo he pasado, paso y pasaré por alguna de esas situaciones o por todas a la vez a lo largo de mi vida. Y sonrío. Sonrío porque hace tiempo que me he sacado el palo del culo. Sonrío porque quiero, porque quiero vivir y disfrutar. Porque quiero reír, porque quiero querer, porque quiero compartir y exprimir cada momento. Porque no quiero pasar de puntillas por la vida. Porque no sonríe quien puede sino quien quiere.

Sonrío porque cada minuto cuenta y porque me importa una mierda el calvo de la lotería.

IX Campeonato de Pinchos de Gijón

martes, 15 de noviembre de 2016

Gijón de Pinchos, Gijón de Sidras... ¡Gijón!


Siempre me ha sorprendido que la gente escoja como destino vacacional mi ciudad. ¿Por qué? No es verano ni en verano. Llueve en julio, en ocasiones hace rasca en agosto y en diciembre... ¡qué decir!


Bien, ahora lo comprendo. Ahora que ya me he movido más por la geografía nacional puedo prometer y prometo que Gijón es el mejor sitio para vivir. Sí. Los 40 grados en pleno agosto para quien los quiera. Ya sean 40 grados en seco por el centro de España, que en "mojao" por la costa mediterránea.


¡Pa' quien los quiera!


Pero el quid de la cuestión no es ese. He de admitir que soy una gorda de mente. ¡Ojo! Que no demente, de mente. Me encanta comer pero mi esmirriado cuerpo de niña no parece demostrarlo.


Y eso sí que sí, amigos. Como en Asturias no se come en ningún lado. Tanto de calidad como de cantidad. Y eso hay que dejarlo patente. No nos vale que os vengáis de turisteo 15 días en agosto. No. Nos gusta gritarlo a los cuatro vientos. Que se sepa, que Asturias es lo más en lo que a gastronomía se refiere y Gijón... encabeza la lista.


Ahora los asturianos de otras zonas y los españoles no asturianos pueden tirárseme a la cabeza, pero es mi tierra y la defiendo como quiero.


Uno de mis certámenes favoritos es el de Campeonato de Pinchos de Gijón. También tenemos el Campeonato de Asturias, pero viviendo en Gijón... sobran las explicaciones. Pinchos, pinchos y pinchos, a todas horas, en todos los barrios, sin apenas mover el coche.


Este año son 117 los establecimientos participantes que compiten con su propuesta por la Escalerona de Oro, Plata y Bronce de esta edición.


Muchos son los aspectos que hay que valorar en un pincho. Sabor, presentación, técnica, que sea fácil de comer, que haga un buen maridaje con la propuesta del patrocinador de certamen... en esta ocasión Cruzcampo Gran Reserva.


Tengo que decir que adoro la cerveza. Pero si soy sincera la Cruzcampo no está entre mis favoritas. Sin embargo la Cruzcampo Gran Reserva está realmente buena. Palabra. Eso sí, es potente. Vamos que pega que no veas. Así que si os vais a probar unos cuantos pinchos, compartid cerveza, o acabaréis cantando el Asturias patria querida por la calle. Y no, esta práctica no es tan asturiana como se pinta.


Y ahora vamos a lo que interesa.[gn_note note_color="#ced5b7"]




  • ¿Hasta cuándo?


El Campeonato de Pinchos de Gijón se celebra del 11 al 20 de Noviembre.




  • ¿Hay pinchos a todas horas?


No. Para saber los horarios en que se sirven pinchos y los días de descanso de los establecimientos os podéis descargar el gastromapa. Ahí se pueden consultar los establecimientos participantes, sus propuestas, los horarios y las localizaciones.




  • ¿Cuánto?


El pincho tiene un precio de 2 euros estándar en cada establecimiento. Si acompañamos el pincho con la propuesta seleccionada (Cruzcampo Gran Reserva), podemos disfrutar de un precio promocional que oscila entre los 3'70 y los 4'5 euros, según establecimiento.




  • ¿Son contundentes?


Si quieres saber si puedes cenar a base de pinchos, rotundamente sí. Evidentemente los hay de todo tipo, más y menos contundentes, pero sí. Hazte con un gastromapa en el primer sitio que visites y a partir de ahí hazte tu ruta.




  • ¿Qué tipo de pinchos hay?


De todo tipo. Más tradicionales, más modernos. Dulces, salados. Con presentaciones de alucinar y con propuestas de toda la vida. El abanico es brutal. Iré mostrando en esta misma entrada los que vaya probando.




  • ¿Merece la pena?


Mucho. Tanto si te gusta comer, como si te gusta cocinar. Probarás, aprenderás, disfrutarás y tendrás mucho que contar.[/gn_note]


ALGUNAS DE LAS PROPUESTAS


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Como de costumbre, solo tres palabras CAMPEONATO DE PINCHOS.

¡Nos vemos en los bares!


Puedes obtener mucha más información de gente más seria e informada aquí.


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LOS FINALISTAS


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En ocasiones escribo

miércoles, 9 de noviembre de 2016




32 primaveras, 32 veranos, 32 otoños, 32 inviernos... y me he pasado la vida escribiendo, que se dice pronto.

Desde que tengo uso de razón. Textos guardados en un cajón, en libretas, en borradores del correo electrónico, en el portátil, en el ordenador de sobremesa que ya no funciona. Textos que recupero cada día y textos que no recuperaré jamás, pero que tengo grabados a fuego en la memoria, dubitativos, pendientes de salir a la luz de nuevo, o no.

Pero ahora hay una diferencia, ahora lo publico. Ahora no me corto, ahora lo saco y me libero de ello. De lo que paso, de lo que siento, de lo que veo. No siempre mío, en ocasiones vuestro. Experiencias vividas, experiencias contadas.

Que sí, que hoy puedo hablar de mí, pero mañana no. Mañana quizá sea tu historia, que me cuentes, y que yo interiorice, interprete y escupa.

Porque no me cierro, porque me gusta vivir, sentir, empatizar. Quizá hoy te diga que no creo en el amor, y mañana te diga que soy una romántica empedernida. Quizá te diga todo en el mismo día.

Quizá hoy te diga que soy inmensamente feliz y mañana te cuente que no me he podido levantar de la cama. Porque soy persona, porque tengo mis días buenos y días malos, porque soy capaz de sacar la esencia a cada momento e inspirarme. Porque me inspiran las pelis de amor, las tragedias, los libros y los anuncios. La música de un piano, una imagen en un folleto de propaganda, o que un desconocido me sonría y me de los buenos días.

Indirectas, directas, palabras dedicadas, o palabras desafortunadas. Qué mal han hecho las redes sociales en este mundo. Cada vez más comunicados, pero cada vez menos comunicativos.

¿Por qué dirá eso? ¿Será por mí? ¿Será por otra? ¿Por otro?

Vueltas y más vueltas a la cabeza, martirizándose a cada palabra leída.

Hoy quiero ser cómplice de liberarte de esa presión. Quiero que dejes de contener la respiración, que vivas tu vida sin agobios, que te olvides del qué dirán, del qué pensarán. Quiero que sepas que quien quiera estar en tu vida estará, de una forma u otra. Y quien no quiera estarlo simplemente no aparecerá jamás.

Hoy quiero que sepas que hay personas que son más simples que todo eso. Hay quien escribe sin segundas intenciones, sin indirectas, simplemente porque le surge y le sale. Simplemente le gusta ese texto, esa imagen, ese sentimiento.

No es por ti, no te odia, no te quiere. O quizá sí. Pero si tu esperanza, tu felicidad, tu arrojo, o tus ganas de echarle narices a la hora de luchar por lo que quieres depende de una indirecta, de una imagen o de un texto interpretado para poder avanzar, entonces apaga y vámonos.

¡Vive, coño, vive!

¿Lo quieres? Vete a por ello.

¿No lo quieres? Déjalo ir.

¿Lo quieres? Díselo.

¿No lo quieres? Déjaselo claro.

Olvídate de redes, de indirectas, de publicaciones virales. Vivamos en una era comunicativa y demos una patada en el culo a la era de la comunicación.

Dónde han quedado las llamadas telefónicas, los paseos, las cañas, los "te pico en una hora", los "a las 19:15 en la plaza", los "me gustas", los "me gustaría que fuéramos amigos".

En lugar de eso tenemos audios, horas al whatsapp, últimas horas de conexión, mensajes leídos, no leídos, emoticonos de corazón, de besos malinterpretados, respuestas demasiado insistentes, respuestas escuetas, respuestas que no llegan.

No, eso no es para mí. Un solo texto y demasiadas personas dándose por aludidas, una foto y mucha gente ofendida, una publicación compartida y demasiados orgullos enaltecidos o heridos. Y al final lo único que querías era desempolvar un escrito, escribir la historia de aquella chica que has visto llorando de vuelta a casa, o continuar el relato de una película que te ha parecido incompleta.

No, definitivamente hasta que no nos liberemos de nuestras inseguridades y de nuestros fantasmas, la era de la comunicación no es para mí.

Falafel con salsa de yogur

martes, 8 de noviembre de 2016



Cuando me enteré de que los garbanzos se podían comer crudos fue uno de esos días en que la cocina me sorprendió.

¿Garbanzos crudos?

Si todo el mundo sabe que las legumbres son el único ingrediente que hay que cocinar para poder comer. ERROR. Podemos comer garbanzos casi crudos con la condición de que los hidratemos previamente. Ojo, hablo de CASI CRUDOS, porque no los vamos a comer crudos, crudos, pero la cocción no será tan agresiva, ni por asomo, como cuando los cocemos, al menos en el interior de la pieza.

Es común pensar que los garbanzos hidratados son duros como piedras o, mejor dicho, como garbanzos secos, por el tiempo que tardan en ablandarse cuando hacemos un cocido o cuando los hervimos.

Bien, es obvio que un alimento hidratado tiene una textura más blanda, así que los garbanzos no van a ser menos. Hablo de  garbanzos porque es la receta que traigo hoy, falafel de garbanzos, pero toda legumbre ablanda con la hidratación y, de hecho, podemos hacer falafel con la legumbre que queramos, alubias, lentejas... si bien es cierto que el falafel de garbanzos es el más característico.

Pero empecemos por el principio. El falafel es una receta oriental. Es una especie de croqueta o hamburguesa (según la forma que le demos), hecha con legumbres.

Para que nuestro falafel quede ESPECTACULAR, lo ideal sería pelar la legumbre una vez hidratada. En en vídeo te enseño que realmente no es difícil pelarlas, pero si es un poco rollete.

¿Y si no las pelo?

Tendremos un falafel más tosco pero muy rico.

Pasaremos de un falafel espectacular a un falafel buenísimo.
Esta receta es ideal para incorporar legumbres a la dieta en verano. Además, el falafel se acompaña típicamente de una salsa de yogur fresquita. Por lo que la combinación del falafel tibio y la salsa fresca, es una genialidad.

¿Resulta indigesto por ser legumbre "cruda"?

A mí nunca me ha hecho una digestión pesada. Aunque recomendaría dejar estos platos para la hora de comer porque sí es cierto que pueden hinchar un poco, como todas las legumbres. Pero para eso podemos usar especias en la receta que ya hemos visto, como el comino, la ajedrea, o una infusión de alcaravea con una pizca de canela media horita después de la comida.

En cuanto a si es mejor comer la legumbre cocinada o casi cruda como en este caso todo tiene su cara y su cruz. Resulta menos pesada una legumbre cocinada, pero cuando no la sometemos a cocción conservamos todos sus nutrientes. Lo que está claro es que para este falafel has de evitar la cocción de la legumbre casi por completo. Tan solo se cocinará el tiempo que tardemos en freír nuestro falafel.

Ingredientes:
  • 300 gramos de garbanzos hidratados.
  • 1 cebolla.
  • 2 ajos.
  • Perejil fresco.
  • Cilantro fresco.
  • 1 cucharadita de comido molido.
  • 1 cucharadita de pimentón.
  • 1/2 cucharadita de canela.
  • 1 cucharadita de impulsor o levadura química.
  • Harina de garbanzo para rebozar.
Para la salsa:
Elaboración:
  • Pon a remojo con las garbanzos el día anterior con abundante agua. Puedes dejarlos 8 horas a remojo o más. Yo los suelo dejar entre 12 y 24 horas. Si lo haces así cambia el agua cada 8 horas.
  • Para un falafel exquisito pela los garbanzos. Puedes obviar este paso si no tienes ganas.
  • Tritura los garbanzos hasta tener una pasta homogénea y granulada. Reserva en un bol.
  • Tritura la cebolla, los ajos, el perejil y el cilantro fresco, con las especias y la sal.
  • Mezcla ambas masas hasta que se integren por completo. Cubre con film y reserva en la nevera al menos 30 minutos para que aposenten los sabores.
  • Mientras prepara la salsa. Pica el cilantro fresco y mezcla todos los ingredientes de la salsa hasta homogeneizar. Reserva en la nevera.
  • Pasados los 30 minutos forma el falafel. Haz bolitas del tamaño de una albóndiga o aplasta para darle forma de hamburguesa y reboza en la harina de garbanzo. Retira el exceso de harina.
  • Fríe en aceite de oliva virgen bien caliente hasta que estén dorados. Es importante que el aceite cubra al falafel y que esté bien caliente, para crear una costra externa y que el aceite no penetre. Una vez dorados por fuera puedes bajar un poco el fuego para que se hagan un poquito más por dentro y no se quemen.
  • Haz por ambos lados todas las porciones y reserva sobre papel absorbente para retirar el exceso de aceite.
  • Sirve el falafel templado con la salsa fría de yogur.


Notas. 

  • Trituramos los garbanzos por un lado y la cebolla por otro para asegurarnos de que queden bien picados ambos ingredientes, pero puedes triturarlo todo junto.
  • Puedes usar otra harina para rebozar, pero ten en cuenta que la harina de garbanzo es apta para celíacos.
  • Atrévete a añadir o quitar especias a tu gusto.
  • Si no los vas a comer todos puedes congelarlos sin freír. Cuando lo vayas a hacer simplemente fríe directamente como si fuera una croqueta congelada. Pero ten en cuenta que tardarán un poco más en hacerse.
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EL AMOR HA PASADO DE MODA

lunes, 24 de octubre de 2016



Siempre he sido muy de soñar. De soñar, de llorar, de imaginar... Lágrimas de alegría, de tristeza, de impotencia, de impaciencia. Y nunca me ha gustado esperar, aunque siempre he esperado. O, al menos, lo he intentado.

¿Para qué esperar? La vida son cuatro días. No esperes, lánzate, no seas prudente, sé feliz. Y sueña, y llora, y atrévete.

Desde que tengo uso de razón he soñado con el primer amor, el primer beso, el primer novio, la primera vez, el primer te quiero... la media naranja, el novio perfecto, el prometido, el marido, los hijos... Pero hace tiempo que me he quedado a mitad de camino. He dejado de creer. Hoy en día estos sueños se tornan poco modernos, machistas, e incluso demasiado dependientes. Hoy en día has de querer ser una mujer independiente, que se quiera a sí misma y que no busque el amor, porque estorba.

Así que, a día de hoy, nadie te va a decir que busca el amor, porque eso ya no se lleva. Porque es motivo de agachar la cabeza y sentirse de menos. Ahora el mundo busca vivir sus experiencias, con su independencia, con su casa, su trabajo, sus aventuras y su sexo moderno sin ataduras. Y todo lo demás, es anticuado. El amor se ha quedado obsoleto. El amor ha pasado de moda. Y me da pena. Y quizá por eso ya no creo en el amor.

Hace años que he dejado de creer. He dejado de creer en ese sueño de niña aunque, en el fondo, quiera seguir creyendo. Demasiados años, demasiadas relaciones, demasiadas decepciones. Amor que se acaba por mí, amor que se acaba por ellos, al fin y al cabo, amor que se acaba. Y ya no creo en ese amor para toda la vida. Aunque en el fondo piense que exista, pero no para mí.

He visto tantas películas de amor, de acción que acaban en amor, tantas comedias con romance incluido... Tantas de superhéroes y amor, tiros y amor, fantasía y amor, suspense y amor. Que cuando un rayito de esperanza asoma a mi congelado corazón no sé si decidirme por una sucesión de carteles al más puro estilo Love Actually, por una carrera sin control de paquete en una Triumph Thruxton, o por un encuentro fortuito en una terminal de Barajas.

Pero el problema es que si llenas la cabeza con tantos pájaros, acaban volando. Y hoy en día ya no creo en declaraciones furtivas a la puerta de casa mientras suena un disco con villancicos, en amores que se descubren por la total y absoluta compatibilidad que comparten, ni en miradas cómplices que al final acaban siendo algo más. Hoy en día la gente no quiere conocer, no quiere saber. Prefiere pasar del café e ir directamente a la copa. Prefiere la satisfacción que la complicidad, prefiere lo banal a lo trascendental. Y eso machaca un alma soñadora.

[gn_note note_color="#ced5b7"]Y es que… ¿Qué ha sido de la galantería? ¿Sólo existe en las pelis de los 80? Quiero tener a John Cusack con un radiocasete debajo de mi ventana, quiero montar en una cortacésped con Patrick Dempsey, quiero que Jake de “Dieciséis velas” me espere delante de la iglesia, quiero que Judd Nelson lance el puño al aire al saber que soy suya. Por una vez me gustaría vivir en una peli de los 80, preferiblemente una con un número musical alucinante sin motivo alguno. Pero no, no, John Hughes no dirige mi vida.[/gn_note]

Así que supongo que eso me convierte en una romántica empedernida que no cree en el amor. Quizá la comparativa más sencilla sería la de aquel que adora la comida pero se pasa a dieta los 365 días del año porque comer a su antojo le hace daño de un modo u otro.

Pero tampoco es que haya dejado de creer en el amor. Simplemente es que he dejado de creer en mi amor. Uno no pone a dieta a todo el mundo, si no que la asume solo.

No es que haya tenido mala suerte, ni haya sido una desgraciada. Siempre he ido de relación en relación, buscando, esperando atinar, pero siempre se ha acabado. ¿Qué es el amor? ¿Cuánto dura? ¿Es cierto que es para siempre como dicen las películas? ¿O debemos conformarnos con el primer año de pasión, el segundo de complicidad y los siguientes de compañerismo?

No. Eso no es para mí. Quiero mi amor de película. Quiero mi vida de película. Quiero poder cantar y bailar por la calle y que la gente sonría, en lugar de tratarme de loca.

Podría decir entonces que hoy en día ni creo ni dejo de creer. No creo, hasta que crea. No creo hasta que haya algo que creer. Y mientras tanto, paso de modernidades, paso de independencias mal entendidas. Porque el amor no significa dependencia, significa independencias complementarias, independencias compartidas. Y mientras creo y no creo, que el amor me cosa a leches.

https://www.youtube.com/watch?v=1Ch_Iuwy5A0

Los beneficios de la alimentación vegana

jueves, 20 de octubre de 2016



Antes de comenzar quiero puntualizar dos cosas.

En esta entrada hablaré de la alimentación vegana, mi punto de vista sobre ella y mis beneficios al adoptarla. Lo que no quiere decir que yo tenga o crea que tenga la verdad universal, ni que a todo el mundo le siente igual este tipo de dieta.

Una pena que en pleno siglo XXI tengamos que andar con estos matices chorras para no herir sensibilidades. Pero así nos pinta. Y dicho esto, vamos a empezar.

¿POR QUÉ SEGUIR UNA ALIMENTACIÓN VEGANA?

Los motivos principales por los que una persona decide adoptar este tipo de alimentación son los siguientes:
  • Por salud. Los alimentos de origen animal nos sientan mal y decidimos desterrarlos de nuestra dieta.

  • Por ética. Nos dan penica los animales y no entendemos por qué en el mundo occidental nos llevamos las manos a la cabeza ante la idea de comer perro o gato pero, sin embargo requetechupamos los huesos de cordero, pollo, cerdo, ternera... etc
¿Por qué la cambié yo? Por ética. Quiero puntualizar de nuevo que yo no soy vegana, tan sólo trato de no comer alimentos de origen animal (ni utilizar productos derivados) siempre que puedo.

En mi casa, a menos que cocine para la familia o para explicar una receta en A freír espárragos (cosas que a menudo son complementarias), no suelo comer alimentos de origen animal. Pero si por trabajo (alguna cata), porque salga por ahí a comer y no quiera ser la tiquismiquis, o porque algún día me apetezca, lo hago, pues no me martirizo.

Este año fue un año de cambios para mí. Allá por febrero mi cabeza comenzó a rechazar la carne. Era algo que siempre había querido hacer pero nunca había hecho. Sin embargo, algo ahí arriba me hizo click y de repente no entendí por qué comíamos carne. En un mundo tan industrializado en que el dinero manda y la comercialización es la base, las barbaries que se llevan a cabo con los animales para sacar un producto cada vez más barato y competitivo son tremendas. Y, de repente, no quise formar parte de ello.

Y a partir de ahí surgió lo lógico. Eliminar la carne, el marisco, los huevos, los lácteos y todo lo que provenga del mundo animal. Este paso siempre es el mas difícil para cualquiera (o suele serlo), porque con los peces no interactuamos como con los mamíferos, los huevos son embriones y la vaca no muere por ordeñarla. Sin embargo el problema de estos alimentos (si atendemos a la razón ética), es que la gallina ponedora sufre, y la vaca y el ternero al que le arrebatamos la leche también. Pero no me voy a cebar con esto, hay por internet millones de vídeos al respecto y hoy no estoy aquí para convencer a nadie, si no para exponer mi caso.

Simplemente tu cerebro hace click.

¿ES DIFÍCIL?

Sí y no. Es difícil hacer un cambio radical. Si nuestro cuerpo ha estado comiendo de todo durante 31 años, como fue mi caso, la cosa se pone peliaguda. Es decir, nos va a entrar el mono. Tengamos en cuenta que los alimentos de origen animal son muchos, y el cuerpo está acostumbrado a ellos. Por no hablar de aquellos que provocan adicción, como el queso. Sí, es así, está demostrado, y me considero yonki rehabilitada del queso.

La buena noticia es que podemos y debemos tomarnos el tiempo que queramos para cambiar nuestra alimentación.

Me explico. No sé qué narices pasa en la actualidad que cada vez nos exigimos más a nosotros mismos, y si no hacemos una cosa con un nivel de exigencia del 100% nos desmoralizamos y tiramos la toalla. Veamos esto con un ejemplo práctico.

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Manolita ha decidido dejar de comer alimentos de origen animal. Ha decidido hacerse vegana, por lo que acude a un nutricionista y este le da un plan de alimentación.

Manolita está contenta. Tiene recetas muy chulas que elaborar, productos nuevos que probar, y comienza la semana feliz. El estrés del trabajo y el cansancio de los días hacen que el jueves Manolita no se pueda resistir y se coma un yogur.

¡Un yogur de leche de vaca! ¡Sacrilegio! ¡Oh dios mío!

Esos pobres terneros que han sacrificado, esa vaca que ha sido explotada...

Y entonces Manolita en plena desesperación baja al súper y se compra el pack de 24 yogures de la Central Lechera Asturiana para comérselos del tirón. Porque total ya... de perdidos al río.
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No señores. La idea no es esa. La idea es que comamos lo que queramos cuando queramos. Yo he cambiado mi alimentación, pero no rindo cuentas ante nadie, solo ante mí. Y si bien es cierto que me siento mucho más saludable así, y estoy contenta por evitar el sufrimiento animal, si me apetece un día comer un yogur pues me lo como. O unos huevos (eso sí, ecológicos), o unos bocartes. Porque por mucho que un día "pequemos", todo el bien que estamos haciendo por los animalillos o por nosotros mismos (según la razón de nuestra dieta) no se va a esfumar de un momento a otro como un conejo en un espectáculo de magia.

Y antes de finalizar este apartado déjame decirte una cosa. Las razones que hay para cambiar la alimentación son las que he expuesto anteriormente (las más probables). Pero si lo haces por tema estético. Por adelgazar, por reducir celulitis... o por cualquier chorrada de estas, olvídate. No cambies la alimentación. Debemos hacer las cosas por convicción, no como "castigo" para lograr un objetivo.

Debes querer hacer esto, no estar obligado a hacerlo por bajar un kilos. En ese caso no es que sea difícil cambiar la alimentación, si no que la vas a acabar aborreciendo.

¿ES COMPLETA? ¿NO FALTAN NUTRIENTES?

Es completa. Ni por asomo faltan nutrientes. Aunque quizá te estés haciendo la pregunta del millón.

¿De dónde saca un vegano las proteínas?

¡De un montón de sitios!

De las legumbres, frutos secos, semillas, cereales, verduras... ¡Sí, verduras! Está claro que hay alimentos con mayor porcentaje en proteínas que otros, pero por eso hay que saber hacer las combinaciones adecuadas en una jornada.

Sí, es cierto que las personas veganas han de suplementarse. Pero no de forma más artificial que los omnívoros. Las personas veganas han de tomar un suplemento de la vitamina B12.

La vitamina B12 se encuentra en unas bacterias en la tierra, y los animales al comer esa tierra producen la vitamina (por decirlo en rasgos generales). Es por eso que la gente que come carne no ha de suplementarse.

Sin embargo, hoy en día los suelos están tan empobrecidos y son tantos los animales alimentados a base de piensos artificiales que los animales tampoco ofrecen ese aporte. Así que la vitamina B12 se inyecta artificialmente a las reses. Esta es la forma en que una persona omnívora obtiene esta vitamina. Así que, al fin y al cabo, todos nos suplementamos de una forma u otra.

¿NO ES UNA ALIMENTACIÓN MUY MONÓTONA?

Para nada. He cocinado mucho a lo largo de mi vida y puedo afirmar con total rotundidad que ahora es cuando estoy descubriendo más alternativas.

Cuando tenemos todos los ingredientes a nuestro alcance acabamos optando por los mismos. Carne así o asá, huevos de este modo, pescado como lo vi en aquel restaurante... Sin embargo, al estar más limitados, comenzamos a buscar nuevas alternativas para dar un giro y no aburrirnos. Empezamos a ver cosas que jamás creímos que se pudieran hacer y probamos productos que ni siquiera sabíamos que tuviéramos al alcance de la mano.

¿NOTARÉ CAMBIOS FÍSICOS? ¿Y MENTALES?

Totalmente.

Como te he comentado yo he cambiado mi alimentación por ética por lo que apenas me fijaba en mi aspecto. Ya me tenía muy vista. Pero la gente me lo empezó a notar y cuando me eché un vistazo, aluciné. Vayamos por partes.

He de decirte que soy una ruina de mujer, muy delgada, sin chicha ni limoná, por lo que nunca me interesó adelgazar. Pero aún así, con mis curvas inapreciables, he sufrido de celulititis en las piernas por culpa de los anticonceptivos orales. Y en cuanto a esto te diré, que por mucho que te des cuenta y dejes de tomarlos, la cabrona va a quedarse ahí.

Y tras esta breve introducción te contaré los cambios que he sufrido.
  • Mejora de la salud. Nunca he comido mal. De hecho siempre me he cuidado en mayor o menor medida. Antes abusaba más de los fritos, cierto, pero trataba de comer de forma equilibrada y no concebía mi desayuno sin su agua con limón, zumo de naranja y kiwi. Este era mi desayuno habitual. Muy mediterráneo y saludable, ¿verdad? Pues aún así todos los años pasaba por 4 o 5 catarros e infecciones de garganta. Tengo la garganta muy sensible. Hasta el punto de que se me irrita si un día hablo un poco más alto de la cuenta porque el bar de turno está abarrotado. Bien, desde que cambié mi alimentación en febrero de este año 2016, no me he puesto mala ni una vez. ¡Ni una vez! Tan sólo he tenido un pequeño resfriado una semana en la que dejé de cuidarme por un disgusto. Nada más. Estamos a punto de terminar el año y estoy más sana que una manzana. ¿Casualidad? No lo creo.

  • Pérdida de peso. Es algo que no buscaba, pero sucedió. Es normal. Quitando los ingredientes de origen animal eliminamos las grasas saturadas. Ingerimos más fibra por las frutas y las verduras, etc. He de matizar aquí también que al poco de comenzar con esta alimentación sufrí una racha muy mala en lo que a lo personal se refiere y también influyó. Pero si lo ponemos en cifras diré que perdí 9 kilos. Calculo unos 7 por la alimentación y otros dos en esa época mala. Sí, me quedé en nada. Pasé de 48 kilos a 39. Pero si tenemos en cuenta que mido metro y medio no es tan alarmante. Y lo alucinante es que, si bien siempre tuve complejo de delgada, ahora es cuando menos complejo tengo y cuando más a gusto me siento conmigo misma.

  • Reducción de celulitis. Esto fue alucinante. Al mes de suprimir los alimentos de origen animal pude comprobar como la celulitis se había reducido en un 80%. Recuerda lo que hablamos antes de eliminar las grasas saturadas y aumentar las frutas y verduras frescas. En definitiva, seguir una alimentación más saludable. Es curioso porque cuanto más te cuidas, más quieres cuidarte. Y si bien antes era fan absoluta de las patatas fritas, ahora tiro más de ensaladas y si hago patatas las hago al horno.

  • Uñas y pelo más fuertes. Siempre, siempre, siempre, había tenido las uñas que parecían Blandiblú. Me las doblaba con cualquier gesto, y me daba una grima que me moría. Ahora tengo las uñas de una persona sana. ¿Coincidencia? Puedo asegurar que no.

  • Piel más sana. Los malditos anticonceptivos orales también me habían dado algún que otro problemilla de acné (por decirlo suavemente), pero desde que como mejor e incorporo germen de trigo (esta es la clave, apúntatelo) en mis batidos por la mañana, se ha acabado.

  • Aumento de la energía. Creo que en esto influyen muchos los lácteos. A mí me daban mucha pesadez. De peque desayunaba mi colacao como la mayoría de los mortales, pero me sentía hiper pesada. Y cuando empecé a desayunar té me sentí mucho más enérgica. Ahora mi desayuno es un smoothie y puedo asegurar que nunca me había sentido tan bien.

  • Más vitalidad. Quizá se puede confundir con el punto anterior, pero no sabía cómo llamarlo. En este punto quiero reflejar la frase que me dijo mi madre en su día cuando ya había cambiado la alimentación por completo. Hija, tienes un brillo en la mirada que antes no tenías. Y es cierto. Energía, vitalidad, alegría... Sólo sé que ahora voy sonriendo por la calle como una imbécil, aunque claro, eso tiene mucho que ver también con lo que contaba aquí.

  • Paz interior. Quizá suene muy rollo zen esto, pero saber que nada de lo que comes daña a ningún animal, mola. Mola mucho no tener cadáveres encima de la mesa.

¿Y NO CREES QUE VA CONTRA NATURA?


No. De hecho creo que es la evolución lógica. El ser humano necesitó de la carne para poder desarrollar el cerebro y llegar donde estamos ahora. Hemos evolucionado hasta un punto en que a día de hoy somos capaces de cubrir todos los nutrientes con alimentos vegetales. Y además somos el único animal racional que existe. Teniendo en cuenta esto, y sabiendo como nos estamos cargando el planeta, ¿no sería lógico que utilizáramos esa superioridad para mejorar el mundo?

Ya sabemos que no tendremos ninguna carencia, sabemos que es la única alimentación sostenible y sabemos que no sufrirá ningún animal. Sin duda alguna creo que nos estamos haciendo la pregunta equivocada. La pregunta no es ¿por qué ser vegano? La pregunta es ¿por qué no serlo?

Y vale, que cuesta, y hay quién realmente necesite aportes animales por temas de salud, ahí no me meto. A mí me ha venido genial pero no soy nutricionista. Pero, en ese caso, podemos disminuir drásticamente su consumo porque si algo tenemos claro todos es que comemos por encima de nuestras posibilidades. Y cuando compremos alimentos de origen animal, podríamos comprarlos ecológicos, porque así,  al menos, estaremos haciendo el menor daño posible.

Esta ha sido mi experiencia, sin más. No trato de convencerte de nada. Sé que es muy difícil hacer un cambio tan radical en la dieta y que muy pocos se deciden. Pero, aunque no lo hagas, quédate con alguna cosa.

Incorpora más fruta y verdura a la dieta, legumbres, semillas, frutos secos (¡crudos!, ni fritos ni salados) y trata de reducir el consumo de carne y grasas saturadas. Por supuesto ni qué decir tiene el tema de la comida basura, fritos... etc.

No es por moda, no es por estética, ni siquiera por salud (al fin y al cabo de algo hay que morir). Es por calidad de vida. Te aseguro que la alimentación es la base de todo y, cuanto más la cuides, más feliz serás.

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AHORA ME QUIERO

jueves, 13 de octubre de 2016



Me quiero, me quiero y me quiero. Ahora sí, ahora me quiero. Un poquito, algo, lo suficiente, mucho. No sabría hallar un contrapuesto equilibrado a lo poco que me quería antes. 32 años he tardado, pero me quiero.  Y con mi dislexia ilusionista he escrito 23 en un primer momento.

Nunca me he querido. Pero ahora sí. Aunque aún me quedan los reflejos. Aún me sigo mirando la bragueta para ver si está bajada si algún hombre me mira por la calle. La bragueta, la nariz, los dientes, alguna marca extraña de maquillaje... Pero eso es algo que nunca podré evitar por muchos años que cumpla.

Lo importante es que ahora me quiero, ahora sonrío mientras escribo estas letras, ahora sonrío mientras camino sola por la calle. Sí, soy de esas locas. Ahora sonrío mientras trabajo, al despertar, mientras estudio, ahora sonrío a la vida. Ahora sé que la vida trata de eso, de sonreír, de disfrutar. Quizá se antoje demasiado profundo que a mis 32 años pueda hablar de la infelicidad, o de la felicidad. Pero he de reconocer que he conocido ambas, y ahora no me da miedo expresarlo.

En este momento escribo y sonrío. Del principio al final. Y no me duelen las comisuras. No, ya estoy acostumbrada. No se ha convertido en una mueca tras 15 segundos de sonrisa. No, es una sonrisa clara y sincera. Una sonrisa que me dedico a mí, en mi soledad, en mi casa, en mi compañía.

Siempre me ha gustado la soledad, pero siempre he sido incapaz de estar sola.  Y ahora lo estoy. Ahora me acepto, ahora me quiero. Ahora sé que no puedes querer sin antes quererte, que no te pueden querer sin que te quieras, y que no puedes ser feliz con alguien si no eres feliz contigo misma. Ahora lo sé, y sonrío.

He venido a casa escuchando la misma canción una, y otra, y otra vez. Canción ñoña, canción de amor, canción que antes me hubiera hecho llorar, pero ahora me hace sonreír.

Perdona si te llamo amor, pero yo no lo decido. Tú dirás lo que tú quieras, pero ya me necesitas tenlo claro

Antes hubiera llorado por no haber encontrado a esa persona, por no ser correspondida, por tener la certeza de que no fuera a aparecer nunca jamás. Pero ahora no. Ahora sonrío por esa ilusión, por esa gente que lo tiene, por esa utopía. No, no he cambiado de opinión, no creo que exista para mí, pero sé que existe.

Lo veo en los ojos de las parejas felices, en los gestos, en los detalles, en esas americanas prestadas por encima de los hombros en una tarde de invierno. En declaraciones públicas, en ese último pedazo de pizza, en paseos de la mano por la orilla del mar, en esas clases de baile de salón obligadas. En los domingos de peli y manta, en los mensajes que se extienden hasta la madrugada los días entre semana… Y verlo, y saber que existe, me hace feliz. Y me hace sonreír.

Porque los sueños son bonitos aunque no se cumplan. Soñar es bonito, imaginar es bonito. Y pensar, ¿y por qué no?, es bonito. Porque no hay por qué pisar el suelo, ni dormir para soñar. Simplemente hay que saber que despertar también es bonito. Y que cuando algo llega, ya no vamos a poder seguir soñando con ello. Así que hay que aprovechar cada maldito minuto de esa espera, ilusión, felicidad, impaciencia, angustia o descanso, porque cuando llegue se habrá acabado el soñar y será el momento de vivir lo soñado.

Ahora me quiero, ahora sonrío, ahora escribo, ahora bailo, ahora canto, ahora grito, ahora no me escondo, ahora soy yo, tal cual, sin complejos.


Foto de Muel Fotógrafo

GIJÓN DE SIDRA

miércoles, 5 de octubre de 2016

Si hay algo que nos caracteriza a los asturianos es la gana de folixa, fiesta, juerga o parranda. Y si hay algo que nos caracteriza a los gijoneses es que, cuando hacemos algo a lo asturiano, lo hacemos por mil. Que se note, no nos andamos con chorradas.


Sí, cualquier asturiano o gijonés que se precie protestará ante la creencia internacional y nacional de que los españoles solo sabemos estar de marcha y dormir la siesta, y de que los asturianos siempre estamos empinando el codo. Protestaremos, sí, pero no falta verdad.


Nos gustan más los saraos que a un tonto un lápiz, y hacemos que se note. Ahora bien, al igual que nos gusta tomarnos nuestras sidras, cañas ,vinos, etc… nos gusta acompañarlos de unas buenas tapas. Y es que, quizá esté mal que yo lo diga, pero la gastronomía asturiana puede presumir de ser de las mejores (ahí lo dejo para no dármelas de prepotente y que cada uno recoja su propio testigo) de España, si no del mundo. Y voy a marcarme un Manolito Gafotas para no pecar tampoco de arrogante y que parezca que lo digo de cachondeo. De las mejores del mundo mundial.


Por eso raro es venir a Asturias y no encontrar un "tinglao" montado.


Para los amantes del vino, los Certámenes de Pinchos de Gijón y Asturias; para los cerveceros el Oktoberfest y el Summer Beer Festival; y para los que prefieren unos culinos, Gijón de Sidra. Todo eso con sus tapas correspondientes, por supuesto. Que aquí si hay algo que sabemos hacer es comer y beber, y siempre van de la mano para evitar abandonar la fiesta antes de tiempo.


Gijón de Sidra es un evento gastronómico que celebramos durante 10 días en el mes de Octubre coincidiendo con las Fiestas del Pilar. Este año, en su octava edición lo celebramos del 6 al 16 de Octubre.


En estos días, 45 sidrerías darán a conocer los palos de sidra de los 44 llagares inscritos, así como las mejores tapas realizadas en exclusiva para el propio certamen. Se trata de cazuelinas y cazuelonas. El precio de venta al público es de:




  • 2’70 € una botella de sidra.

  • 3’70 € por una cazuelina (la tapa propuesta por cada sidrería, para comer entre 2 personas) y una botella de sidra.

  • 4’70 € por una cazuelona (la tapa propuesta por cada sidrería en versión maxi para comer entre 3-4 personas) y una botella de sidra.


Vamos, que con lo exagerados que somos aquí para la comida con un par de cazuelinas ya cenas y marchas contento para casa.


Lo bueno que tenemos los asturianos es que no dejamos nada al azar, nos gustan las cosas claras.  Así que también contamos con un sidromapa donde localizar todas las sidrerías participantes con sus respectivas tapas.


Puedes descargarte el sidromapa AQUÍ.

Y para más inri contamos con un Sidrobús. Un autobús que te llevará por las sidrerías participantes por el papo, simplemente con la condición de que lleves el pañuelo del certamen contigo. Al cuello en plan motivado o donde te dé la gana.


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En la presentación de este nuevo Certamen en el recinto del Pueblo de Asturias hemos podido probar la mejor tapa (La Pumarada) del año pasado, y la sidra ganadora (Sidra Fran). Y doy fe que el nivel está muy alto. Porque sí, esto es un concurso señores. Mejor sidra, mejor tapa, mejor sidrería… así que la calidad está garantizada.


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Solo tres palabras GIJÓN DE SIDRA.

¡Nos vemos en los bares!


Puedes obtener mucha más información de gente más seria e informada aquí.

Sopa fría de sandía y tomate

lunes, 6 de junio de 2016




Todo aquel que  tiene una pasión tiene alguien a quien admirar.

Empieza desde peques. Por lo general los niños sueñan con ser futbolista y las niñas con ser princesa, actriz o cantante. Pasan los años y la figura digna de adoración cambia. Ahora quieren ser médicos, abogados, astronautas o, incluso, youtuber (sí, se lo he escuchado a un niño). Pero siempre hay un nombre detrás.

Siempre hay nombre. Messi, Cristiano, la reina Letizia... Más o menos conocidos, pero siempre existen unos pasos que seguir. Quizá por eso me sienta rara.

Me gusta cocinar desde que tengo uso de razón. Me encanta combinar, probar, inventar... Pero soy la persona más ignorante en lo que a nombres de cocineros se refiere. Cuando hablo con amigos cocineros o con amigos que comparten mi pasión, me alucina la facilidad que tienen para nombrar a este o al otro. Para saber quién hizo esto y quién hizo lo otro. Incluso para afirmar con total rotundidad que determinado plato pertenece a ese cocinero porque salta a la vista su técnica o su forma de emplatar.

Yo no soy de esas. Yo soy de las que reconozco el plato de mi madre o el de mi abuela entre todas las madres del mundo. Pero nada más. Me gusta ver el trabajo de otros cocineros porque así se aprende. Pero muchas veces me da una pereza tremenda por la cantidad de ingredientes imposibles que presentan. Claro que me encantaría poder reproducirlos, sin duda, pero hay veces que lo único que quiero es ir a la frutería de mi barrio y hacer un plato de impresión con ese género que está bueno, bueno y que le quitan de las manos. Sin aires, sin espumas, sin esferificaciones ni gelatina. Cocina básica, pura y primitiva.

Por eso, cuando me topo con un plato de alguno de esos ídolos que cumple estos requisitos, lo reproduzco sin pensar. Y esto me hace feliz. Porque me hace recordar que esos platos "imposibles" son la evolución de estos platos asequibles a los mortales.

Esta sopa de sandía y tomate de Ferrán Adriá es la simplicidad y el buen gusto hecho sopa. A su sencilla elaboración y su brutal sabor, acompañan su colorido primaveral y su aporte vitamínico. Es muy importante introducir frutas y verduras frescas en nuestra dieta, pero a mucha gente le cuesta. Por eso esta sopa es perfecta para hacerlo.

Tanto la sandía como el tomate son ricos en licopeno, por lo que ayudan a prevenir enfermedades cardiovasculares y a regular el colesterol. Su alto contenido en agua es otro factor muy importante a tener en cuenta en estos meses de verano en los que no debemos esperar a tener sed para hidratarnos.


Ingredientes (para 6 raciones):
  • 1/4 de sandía.
  • 6 tomates medianos.
  • Sal y pimienta.
  • Un puñado de albahaca fresca.
  • Aceite de oliva virgen extra.
Elaboración:
  • Pela la sandía. No hace falta que quites las pepitas (a menos que sean de las gordas). Reserva.
  • Corta los tomates en cuartos y quítales el pedúnculo.
  • Tritura la sandía un par de segundos en el procesador de alimentos si ves que todo no te entra. De esta forma, al licuarlo, queda más espacio.
  • Añade el tomate y tritura bien durante 30 segundos o hasta que esté todo bien triturado y homogéneo.
  • Pon a punto de sal y pimienta y dale otro golpe.
  • Cuela la sopa en un colador de malla fina o en un pasapurés. Este paso es opcional, pero quedará más fina.
  • Haz el aceite de albahaca tal y como se hacen los aceites aromatizados a partir de hojas frescas. Es decir, pon un puñado de albahaca en el vaso de la batidora, cubre de aceite y tritura.
  • Sirve la sopa bien fría con un chorro de aceite de albahaca.



Notas.

  • Puedes probar con otro aceite hecho a partir de otra especia, como orégano, salvia...
  • No cometas el error de usar tomate triturado de lata. Al tener dos ingredientes es imprescindible la calidad de los mismos.
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