martes, 14 de febrero de 2017

Querido Valentín





Querido San Valentín.

Y digo “San” porque ya estás frito.

He leído sobre ti y me ha impresionado. Hasta ahora no te conocía. Había escuchado hablar de ti, porque todos los años hay un día festivo en tu honor, pero si te soy sincera no tenía ni la más remota idea de a qué te dedicabas, ni cuándo, ni por qué la habías palmado. Sí, eso lo tenía claro. Aquí solo hacemos santos a los fiambres.

No sé por tu época, allá por el S.III, pero ahora funciona así. Cuando alguien está vivo es un cabrón, pero cuando la espicha, da igual lo cabrón que haya sido, todo el mundo le llora y es un santo. No se le otorga el apelativo de “San” como a ti, que le echaste huevos hasta que te dieron matarile, pero sí se les llora cual plañideras entregadas.

Me ha gustado saber que no eres un santo de esos de palo, que hiciste cosas guays por la gente, aunque quién sabe con la desinformación que hay hoy en internet. Pero el espíritu que infunde tu día me ha invitado a creer en lo que me cuenta la Wikipedia.

Así que he podido saber que casabas a soldados jóvenes, aun cuando el emperador Claudio te lo había prohibido porque creía que no rendirían en la batalla. Y, aunque no te haya salido muy bien la jugada, ¡olé por ti! Eso sí que es una oda al amor. Y seguro que esas parejitas jóvenes vivieron felices y comieron perdices.

Siento decirte, aunque con lo santo que eres probablemente te alegrará, que hoy en día nadie se acuerda de ti, y sólo recordamos a esas parejas enamoradas, lo estuvieran o no, que si hoy en día la gente se casa porque no tiene nada mejor que hacer, no quiero saber antaño.

El día que la palmaste se ha convertido en el día del amor, de las parejas, de los enamorados, de los regalitos cursis, de las flores, de las tarjetas, de demostrar... Así que, por una parte, gracias, siempre mola que el amor esté en el aire. Pero por otra me da un poco de pena, porque el resto del año parece que el amor es como Voldemort, y no se nombra ni se demuestra por miedo a que nos rebane la cabeza.

Esta mañana he ido a trabajar y he visto a un señor que llevaba un ramo de flores rojas y amarillas (se ve que él o la florista son muy patrióticos) a su parienta (o pariente, que ahora estamos muy modernos y ya no hay que esconderse de nada) y me ha inspirado una ternura tremenda. No he podido reprimir el Ohhhh, ohhhhh, ohhhhh mientras caminaba. Así que gracias por eso.

Pero, amigo Valentín, me da pena. Me da pena no volver a ver al señor hasta el año que viene. Me da pena que su parienta o pariente no reciba el desayuno en la cama hasta dentro de 365 días. Aunque pensándolo bien creo que ella te lo agradecería, porque no sé quién ha podido pensar que desayunar en la cama con una bandeja tambaleante y sin poder hacer siquiera pis es romántico.

Y es que, pensándolo bien, si te tiraste sabe dios cuanto tiempo casando a jovenzuelos de escaqueo, ¿por qué celebramos cuando te metieron en el hoyo? Al fin y al cabo es lo más triste de la historia.

No sé Valentín, sólo quería contarte lo que pasa por aquí y decirte que me parece muy guay todo lo que has hecho y que tienes un par de narices. También quiero pedirte que no te enfades por no celebrar tu muerte. Me acordaré de ti y tal, pero me da un poco de pereza hacer cursiladas justo ese día, cuando puedo hacerlas todos los días del año porque me sale del pie.

Porque además, ¿sabes qué? Quiero a un montón de gente. Y me quiero un montón a mí. Y si de lo que se trata es de querer pues… hoy me voy a acordar de ti entre colegas con unas cervezas y una buena tarta de chocolate que los aniversarios, del palo que sean, están para celebrarlos.

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