jueves, 27 de abril de 2017

Treintaitrés






Un día como hoy nací. Un 27 de abril de hace 33 años, que se dice pronto. A las 17:30 de la tarde me abría paso entre las piernas de mamá. Entre las piernas de mami, como la llamé durante 32 años y de la mama, como la llamo ahora en las tardes de risa.

Recuerdo que a los 6 años creí acordarme de mi nacimiento. Una locura, pero así lo sentí. Recordaba la sensación de estar encerrada, a oscuras, todo negro, confortable, sin nada más alrededor, y de repente, salir. Probablemente esa noche lo había soñado, pero no dejaba de ser curioso que no lo hubiera sentido como una pesadilla con lo claustrofóbica que soy. Loca, me llamaron, pero yo estaba feliz con mis pensamientos, mis sentimientos, conmigo. A día de hoy si me relajo, cierro los ojos y me concentro vuelvo a esa sensación, a ese sueño, a esa locura, a esa particularidad mía.

33. La edad de cristo menos un mes. Siempre he sentido curiosidad. Si fuera menos un mes ya no serían 33 años. Y hoy se cumplen 33 años enteros. 33 años vividos, disfrutados, reídos, llorados. Sin rumbo, con rumbo, con las ideas claras, y con un batiburrillo en la cabeza como si anduviera por el epicentro de la feria de Abril.

Personas que vienen, que se van. Gente que conoces de la manera más insospechada y se quedan en tu vida. Gente que no se ha movido, ni se moverá. Gente, amigos, familia, relaciones, hobbys, pasiones, aventuras, fiestas, rutinas, proyectos, trabajos, vasos de agua que parecen  piscinas, aprender a nadar, el click, sonreír, disfrutar, vivir, amar...

Amor, mucho amor. Amor y risas, muchas risas. En eso se ha convertido mi vida tras 33 años. Tras años de incertidumbre, de miedos, de avanzar con el freno pisado, de no saber. El click. La clave. El aprender a querer, aprender a reír, a valorar, a disfrutar, a saber que estamos aquí por algo, o por nada, pero que el tiempo perdido nunca se recupera.

Reír a carcajadas, abrazar, decir te quiero, recibir un te quiero, compartir, ilusionarse como una niña, meter las manos en los sacos de legumbres, oler ese perfume que me teletransporta. Ver crecer las plantas, escribir, cantar a grito pelado, los lametones de los perros, los besos de amor, que disfruten con mi comida, escuchar mi voz grabada y que ya no resulte extraña, oler a verano, los mensajes de buenos días, y de buenas noches, los inesperados. El zumo de naranja, las fotos antiguas, y las nuevas, comer la tortilla de patata sin cuajar, bailar, mancharnos la nariz de masa, coger la taza de té con las manos frías, juntar las piernas calientes con las congeladas. Reír con anécdotas antiguas, hacer el koala, ver películas con el edredón hasta la nariz, el sol en los días de frío, las sonrisas de los desconocidos. Pequeñas grandes cosas.

Hoy hace sol, me ha hecho esa concesión. Una pequeña cosa que me hace feliz. Una claridad que me da alegría, que me da ganas de saltar y gritar. De cocinar y reflexionar, de pensar cómo he llegado aquí, de recordar con alegría, pero sin pena, sin nostalgia de nudo en la garganta, pero con nostalgia de aquel que recuerda con cariño un tiempo pasado. Ganas de mirar hacia delante, de aventurarme con lo que sea, de tirar por el corazón y aparcar un poco la cabeza. De levantar el pie del freno, de querer, de ser, de mí, de ti, de todo. De frases de película, de escenas de película, de...

QUE EL AMOR NOS COSA A LECHES

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