sábado, 25 de noviembre de 2017

Calladita estás más guapa



Cuando era una preadolescente inconformista de pelos de colores pasaba las tardes en casa de mi novio. Nuestro plan era hacer los deberes de turno y comer cruasanes de chocolate. Si la tarde se alargaba veíamos una peli y nos reíamos cuando congelábamos las imágenes de escenas embarazosas con esa nitidez que ofrecía el recién descubierto reproductor de DVDs. Nada de películas en VHS con sus pausas de imágenes con rayas gruesas y temblorosas. No, aquello era la revolución, el futuro, era el huevo perfectamente nítido de Ben Affleck pillado en la bragueta mientras su futuro con Cameron Díaz se desvanecía ante sus ojos entre las risas de los vecinos, los enfermeros y la policía.

Entonces volvía a mi casa, volvía de noche y asustada, porque era peligroso ir por la calle sola pasada la puesta de sol. Incluso en una ciudad coqueta, en un barrio donde nos conocíamos todos. Es de noche, es una mujer sola, es peligro. 

El ambiente se volvía inquieto nada más abrir el portal. La brisa de la noche, la intranquilidad, el móvil en la mano. Caminaba los escasos 100 metros agarrando el móvil fuertemente, con el número de mi chico en la pantalla y el dedo sobre la tecla de llamada por si pasaba algo, para que, al menos, me oyera gritar y siguiera mis pasos en mi busca para rescatarme. 

¿Paranoia? Quizá. Desde que vestimos falda nos educan con esa premisa. No vayas sola, no es seguro. Si ha anochecido vuelve en taxi, que te acompañe alguien, pero no una amiga, ¿eh? Que eso es un caramelo más grande aún. Un hombre

Y esa fue mi rutina desde los 14 años hasta que me relajé un poco. Hasta que cambié mi pulgar sostenido sobre la tecla de llamada por el estado de alerta. Decidí que si miraba al suelo podría ver las sombras y, si alguna se abalanzaba sobre mí, podría defenderme, podría soltar una patada voladora o gritar como una posesa. 

Decisiones... Sólo se trata de eso. Decisiones. Decidir cómo defenderse. Decidir avisar de cuándo llegas a casa, decidir estar atenta. 

¿Y decidir decir que no? No, eso no funciona. Puedes decidir que no, puedes decir que no, pero ten cuidado, que el consentimiento también puede ser no verbal. Que quizá lo estés pidiendo con tus gestos, con tu mirada, con tu ropa, con tu pasividad fruto del pánico. Quizá no puedas hablar, quizá estés asustada, quizá estés paralizada, quizá estés ebria, quizá estés fumada, quizá estés afónica, pero no te preocupes que ya decidirán por ti. Que aquí el que calla otorga, el que calla consiente y que calla asiente. Y eso se sabe aquí y en la China Popular. 

Así que solo déjate llevar, es un momento, no pasará nada, seguro que lo pasarás tú tan bien o mejor. Es lo que quieres. Y luego sigue tu camino, sigue con tu vida, es lo que has querido. ¿O no? 

Pero si has consentido, si has callado y has otorgado. ¿No querías? Vaya. Pues no sigas con tu vida. Reclúyete en casa. No vivas, no olvides, no trates de avanzar. Llora, y sufre, y ódiate, y culpabilízate, y sé la víctima, pero que se note. Y confía en las pruebas. ¿O no?

No. Mejor no confíes. No tiene sentido. Qué sentido tienen unos cuántos mensajes, unas cuántas palabras eufóricas con ganas de caza, de adrenalina mal sana. No, eso no tiene sentido. 

Claro que tiene sentido en otros juicios, no pierdas la cabeza. Cómo no va a tener sentido en juicios tributarios, en juicios laborales. En juicios en los que la víctima es quien mueve los hilos, en esas vistas celebradas para emplumar a aquellos que han pretendido defraudar. En esas vistas en las que sí tienen relevancia esos mensajes, en vistas en las que sí tienen relevancia porque se trata de recaudar. 

Claro que tienen sentido esos mensajes para demostrar que ese empleado ha estado trabajando y el hostelero no ha dado de alta. Claro que tiene sentido niña, no digas ridiculeces. Es dinero, es el motor del mundo. Pero, ¿por qué me ha de importar tu mundo? Tú lo has buscado, tú lo has querido, tú has consentido. Y niña, recuerda que tú no generas dinero, tú no recaudas, tú no eres importante

Así que haz el favor y quédate en casa, no sigas con tu vida, métete en la cama, tápate con el edredón hasta el último pelo y llora, pero hazlo bajito, que calladita estás más guapa.

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