DE NUEVE A PUNTA

lunes, 7 de octubre de 2019




¿Sabes? Me gusta dar sorpresas. Me gustan los preparativos y los detalles. Me gusta regalar y demostrar amor con gestos. Además, me gustan las películas, y si por mi fuera, viviría bailando y cantando por la calle, como en una comedia romántica americana.

Por eso, cuando decidimos casarnos, empecé a pensar en cómo sorprender a mi marido. Quería hacer algo sorprendente, algo de película, algo que demostrara, ¡hey! estoy feliz de haberme casado contigo.

Pensé en bailar, pero no estaba segura de que expresase lo que le quiero decir. Pensé en cantar, pero me pidió encarecidamente que no lo hiciera. Y al final opté por escribir porque al final y al cabo, hoy debemos ser más que nunca, nosotros. 

Marido, esto va por ti.

Me gusta inventarme palabras a partir de otras, sin sentido, pero con sentido. De esas que de repente se han puesto de moda. De eso que te haces un parisguas de ese paraguas que te has comprado en París, o unas aliflores de esa coliflor que sabe a alita de pollo pero no encierra crueldad.

Y así podría seguir y seguir. Palabras inventadas o no inventadas, casuales, de esas que salen porque se te lengua la traba, de esas que marcan momentos. De esas que deseas no ser la única persona que la recuerde y quieres que se cree esa complicidad permanente, ese enigma compartido. 

Me invento expresiones despierta. Me invento expresiones dormida, y las sueño tan nítidas que las utilizo en la vida real. Algunas las comparto y otras no. Algunas son tan bonitas que hacen que pueda expresar aquello que soy incapaz de expresar con las palabras de la RAE porque se quedan pequeñas.

Nunca he sido capaz de expresar amor, al menos con todas sus letras. Fuera de los fogones, de los detalles, o de los abrazos largos. Jamás he conseguido escupir esas tres letras, que no seis. Y solo pensar en hacerlo me genera incomodidad.

Pero llega un momento en que es necesario. Porque hay veces que quieres tanto que duele. Aunque el amor y el dolor no deberían estar en la misma frase, ni el arte y la guerra como reza la canción.

Y entonces, llega ese momento en que un "te quiero" resulta insuficiente, un "te quiero mucho" forzado y un "te amo"ridículamente cursi.

Dice El Principito que querer es tomar posesión de algo o de alguien. Es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es desear algo para completarnos porque en algún punto nos reconocemos carentes. Pero yo hace tiempo que no me siento carente. Me siento plena, completa, y no quiero desde la posesión, ni la necesidad, quiero desde el amor.

Dice El Principito que amar implica tirarse al vacío, confiar la vida y el alma. Dice que amar es dar un lugar en el corazón. Ofrecer ese espacio para sea ocupado por esa persona, y saber que, en su corazón, también hay un lugar para ti.

Y es entonces cuando lo sientes, cuando tu subconsciente y tu consciente entran en conflicto. Tu subconsciente ama y tu consciente no lo sabe expresar. Puedes pronunciar un te quiero de posesión, palabras que sabes que se quedan cortas. Pero no puedes pronunciar un te amo, porque retumba en tus oídos como en un culebrón venezolano.

Y de repente tu subconsciente te echa un cable, en sueños, sin que recuerdes habérselo pedido. Ni siquiera en ese momento recordabas tus problemas para expresar algo que a bote pronto parece tan fácil. No recordabas que no eres de demostrar con palabras, eres de demostrar con actos y ojos de amor.

Y entonces, sueñas, y agarras ese cable que te están echando. Y sabes que, desde ese momento, os vais a querer DE NUEVE A PUNTA sin sonrojos. Y sabéis, y compartís que, para vosotros, esa es la mayor forma de amar.

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